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El renacido, crítica

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Por Ernesto Rizo

La mirada de Dios

Filmó Amores Perros en 2000: en ella presentó una cruda radiografía de la sociedad mexicana entre metáforas caninas y estructuras narrativas tarantinescas; luego su filmografía se decantó por híbridos ciertamente pretenciosos y que sirvieron para generar lazos en el Hollywood más fértil. Rompió sus propios esquemas con Birdman(2015) y conquistó al mundo, o consiguió el tan anhelado american dream, si se me permite la lectura.

Birdman es su película más importante porque ella supuso una creación artística ambiciosa, más allá de obras pretenciosas. Ahora, este director mexicano, que ha cambiado el González al momento de firmar por una “más estética” G, ha realizado una obra maestra. Sostenido en absoluto por Lubezki, y su cámara, y su ojo que todo lo puede. Y gracias al equipo de gente talentosa que sostiene esta producción.

Basada en una novela de Michael Punke, y contando una anécdota relativamente sencilla, la narración de la película plantea múltiples temas; la podemos pensar como un western moderno, pero también como un híbrido en género.

El contexto es la época histórica de los cimientos de la nación norteamericana en que los conquistadores buscaban riqueza en los pueblos originarios, “salvajes” y sus territorios llenos de recursos. Una diligencia que debe sufrir los embates de la naturaleza y de los mismos seres que en ella habitan. En medio de ello, Hugh Glass (Leonardo DiCaprio), el guía de la expedición (cuyo pasado se nos muestra en secuencias poéticas, simbólicas, en imágenes disueltas entre la perspectiva del personaje y la mirada de Dios-la cámara de Lubezki, que todo lo puede), es atacado por un oso y luego abandonado por el grupo en una decisión de supervivencia; pero abandonado en específico por un hombre (Tom Hardy) que además le ha quitado lo único que le quedaba. El actor da vida a un odioso villano, con grandioso histrionismo.

Dos secuencias de lo más impactantes nos sirven de ejemplo para aceptar la belleza de esta cinta: el ataque que sufren los conquistadores al inicio, con una cámara moviéndose entre humanos de distintas razas en plena batalla y la naturaleza como escenario; flechas volando y balas cruzando; todo en un ambiente de tensión que logra impactar al espectador en lo profundo, así como, de nuevo, debe calar asomarse un poco a la mirada de Dios; y la escena del ataque del oso: en la que se logra una poderosa recreación de violencia del hombre a merced de la naturaleza, mediante una dinámica de movimientos de cámara y coreografías muy bien lograda; en ambas escenas, y en otras, se marca la brutalidad del choque colonizadores-colonizados-naturaleza, con poética visual que se decanta al realismo crudo, pero que nos devuelve a formar parte de una ficción. Puro músculo; sangre salpicada; heridas mostradas sin pudor; violencia desenvuelta en fotogramas que se suceden como hermosas pinturas. Está toda la naturaleza del hombre, instintiva, salvaje, que busca la supervivencia en un entorno inhumano, y luego, en su ambición, la riqueza: a través de romper, de hecho, la dinámica natural.

Todo sucede en el hielo más feroz; entre tormentas que azotan a los castigados hombres sin importar su raza. Ahí, castigados todos, seguiremos la travesía de uno, quien busca venganza, y salvación, y la cámara (fotografía, vale decir con toda razón: cinematografía) nos deja ver lo narrado con la mirada del creador. El hombre como parte de la naturaleza, entre fuego y humo; animales que corren, sangran, y sirven de cálidas guaridas, y de alimento; árboles que rechinan y el bosque en el que todo se oye y disparos que rompen con la armonía universal (diseño sonoro de Martín Hernández muy destacable).

Otra parte de la belleza de la cinta recae en las escenas oníricas de nuestro atormentado personaje, cuando Lubezki se acerca más a El árbol de la vida (2011). Pirámides de cráneos de bisonte; iglesias que se derrumban manteniendo la campana en lo alto; una familia que yace en el mundo de los espíritus y se funden en el bosque. Están además la lucha de Glass contra sí mismo y la búsqueda espiritual retratadas también muy a lo Malick.

La cámara que todo lo puede nos lleva del hombre a la naturaleza y luego al sueño y nos despierta de golpe y nos pone a correr; y luego nos devuelve al asiento, pues ya no estábamos en la sala sino inmersos en la película, congelándonos e hirviendo por dentro también; nos retiene de este lado, salpicando sangre y llenando de vaho la lente. Todo es una ficción, nos recuerda la película, y por eso importa la cámara. Y por eso es bello el cine.

Todo se enmarca en pinturas que sólo Lubezki sabe crear. Paisajes de belleza pura (conozcan su Instagram). Transiciones poéticas bien acomodadas. Insisto; Dios nos deja ver el mundo a través de una cámara.

Y todo se remata con actuaciones soberbias; de esfuerzos físicos; de templanza con pocas líneas y dolor marcados en la mirada de DiCaprio: buen cazador que busca a su presa; de delirios de ambición por el dinero, de un descerebrado (descabellado literal) Tom Hardy. Y en medio de ambos, el resto del reparto que logran una solidez como la del hielo en el que se paran.

La música inquieta y también parece un personaje más, como la propia cámara. Nos retiene, nos mantiene y nos invita a vivir el cine.

La película es precisión técnica; despliegue de una producción enorme, costosa y sufrida; búsqueda de arte en cada fotograma; realismo brutal que se funde en la ficción; un Dios que castiga; un hombre al que seguimos en busca de su redención; poder y poesía; un plato que disfrutas con calma y por partes, en capas, repasando cada sabor, cada olor. Recordable y perdurable. Así, y sólo así se definen a sí mismas las películas más bellas. La cámara qué todo lo puede, excepto mirar como nosotros o como Dios, presenta aquí una bella mentira, y no queda más que creerla.

¡Viva el cine!

The Revenant, EUA, 2015. Dirección: Alejandro G. Inárritu. Guión: Alejandro González Iñárritu y Mark L. Smith. Actuación: Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, Will Poulter, Domhnall Gleeson. Fotografía: Emmanuel Lubezki. Duración: 156 min.

Seguir a @MRizoErnesto

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