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El abrazo de la serpiente, crítica

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Por Ernesto Rizo

Aprender a escuchar, aprender a mirar

En los primeros años del siglo XX, un científico explorador alemán llamado Theodor Koch-Grünberg (Jan Bijvoet) se internó en las selvas amazónicas para aprender los conocimientos de los pueblos originarios de aquella parte de Colombia. Lo hizo en el momento en que los pueblos estaban atravesando por un proceso de colonización en distintos niveles: social, ideológico, religioso y, a final de cuentas, político. En su exploración sufrió una enfermedad mortal, y para evitar su fin, ambicionó la búsqueda de la yakruna, una planta sagrada y mística con propiedades de curación física y espiritual, el mayor legado del pueblo del que fue originario Karamakate, chamán que guía la expedición. Aproximadamente cuarenta años después, otro científico explorador norteamericano, Richard Evans Schultes (Brionne Davis), inspirado en los diarios de Theodor, que habían sido publicados después de sus expediciones, fue en busca de la yakruna: él también, guiado por Karamakate. La historia es real, pero la película que ahora comento le introduce elementos de ficción, tal como la planta, y las maneras de Karamakate, que permiten expandir la historia en sus elementos simbólicos y el mensaje de espiritualidad que expresa.

El abrazo de la serpiente es un viaje por las selvas amazónicas, así, en dos partes que se van fusionando mediante un montaje suave como el viento sanador que sopla en las partes altas del Amazonas; en una, un Karamakate joven (Nilbio Torres) guía a Theodor, convencido por Manduca (Yauenkü Migue), otro originario que viste como el hombre blanco y que va en búsqueda del chaman por tener fama de curar enfermedades mortales: “Él no es cualquier blanco, es un sabio”, le dice. Karamakate acepta, pero en el viaje sufrirá las contradicciones que lo mantienen entre la tradición y el nuevo mundo, entre las tierras de las que es originario (y en las cuales vive en perfecta armonía con la naturaleza, como una parte más del universo) y la relación con el hombre blanco, al cual ve como un factor de desequilibrio del orden natural, un destructor que, en búsqueda de la riqueza, genera la muerte. Para él, el hombre blanco no puede aprender, mucho menos un blanco científico.

El hombre blanco occidental no puede escuchar al jaguar, mucho menos ver los ojos de la serpiente

En la segunda expedición, un Karamakate viejo (Antonio Bolivar), habiendo pasado por un proceso de madurez (más a nivel espiritual) tendrá mayor fe en que el aprendizaje de los conocimientos de un lado hacia el otro es posible. Entre su tierra amazónica (armónica y de perfecta conjunción natural con los dioses del universo) y el entendimiento del hombre blanco está tendido un puente que puede generar la salvación de su pueblo.

Por sobre todas las lecturas a nivel académico que se le puedan dar a la película sobre los procesos de colonización que han sufrido los pueblos de América del Sur (en el caso de esta historia), se teje la temática de las relaciones entre los hombres se presentan así, con matices que nos llevan a entender las conexiones más allá las razas, de las diferencias; aunque, claro, porque estamos ante la presencia de personajes que son apertura: Karamakate, Theodor, Evans y Manduca conforman una comunidad interracial que pretende (y parece lograr) el entendimiento de las diferencias y de las virtudes expandidas del conocimiento compartido entre culturas disímiles.

Entonces, nos internamos en la selva amazónica en dos momentos temporales que se van fusionando en montaje orgánico (como el entorno) y con una fotografía en blanco y negro que logra que los elementos entorno-personajes se dibujen armónicamente, sin privilegiar a uno sobre otro: es que así, como la naturaleza, la película va en búsqueda de una armonía natural.

La película en sí, es un viaje por un mundo que es, a su vez, el choque de dos mundos, el contraste de dos culturas que van esparciendo híbridos culturales de paganismo, salvajismo, autoritarismo, violencia, sangre y muerte. Por eso, el contraste en la fotografía no puede ser más que perfecto marco de coloratura. Y la música, que igual se fusiona con la edición del sonido nos permiten escuchar la selva y los cánticos de la naturaleza: entre un tocadiscos y la melodía del sonido del río, el contoneo de los árboles, la orquesta de sonidos de los animales, etc., está tejido, así, en el contraste (aunque no podamos entenderlo, aunque no hayamos podido después de tantas guerras), el puente, la apertura que permite pasar de un lado hacia el otro.

Para pasar de un lado a otro, más que movimientos corporales y mentales bien racionalizados y operados en la motricidad el cuerpo, hace falta apertura… Agudizar los oídos y abrir bien los ojos para escuchar al jaguar y mirar a la serpiente.

Tenue y sobria, la película desenvuelve la historia de hombres reales, con contradicciones y contrastes que se remarcan mientras más se aproximan al entendimiento de las aperturas que permite el conocimiento compartido. Suave y contenida, sin excesos de ningún tipo, la cinta nos devuelve un mensaje, universal sí, pero necesario para recordar cada momento: somos una minúscula parte del universo infinito y siempre en expansión, no somos dueños de la naturaleza ni de otros hombres, no somos más, no somos menos, somos parte del todo.

Somos los danzantes de la naturaleza que crea la música que debe ser danzada, como dije, mediante el sonido de sus ríos y su agua que nos purifica cuando nos bañamos en ella, de sus árboles que (nos) respiran, de sus vientos que nos rozan la cara, de su sol que nos acaricia la piel, del sabroso olor y sabor del mundo; del exquisito sonido del susurro de los dioses; del tacto que nos hace sentirnos vivos cuando nos mimetiza con el mundo y nos fusiona con la selva que es a la vez un espejo del universo. Hacia elfinal, el viaje psicodélico (con guiños a 2001: A Space Odissey) no hará más que devolvernos a tierra firme… Después del viaje, hemos logrado escuchar, hemos logrado mirar… Sentimos un abrazo cálido y fuerte, iniciático e espiritual… Y podemos vivir. Vida y muerte seguirán danzando hasta la eternidad.

¡Viva el cine!

El abrazo de la serpiente, 2015, Colombia. Dirección: Ciro Guerra. Guión: Ciro Guerra y Jacques Toulemonde Vidal. Fotografía: David Gallego. Actuación: Antonio Bolivar, Nilbio Torres, Jan Bijvoet, Brionne Davis, Yauenkü Migue. Duración: 125 min.

Seguir a @MRizoErnesto

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