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El rascacielos, crítica

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Por Carlos Meneses

Inquilinos de la aberración

¿En qué punto comienza a desmoronarse el futuro? La respuesta es ciertamente indeterminable, opaca y, por demás, escurridiza. Discurrimos en el tiempo y poblamos los días, encontrando formas cotidianas de establecer nuestra posición frente a/en el mundo, sometiéndonos a la determinación de una estructura que exige nuestra contención como la cuota a desembolsar a cambio de catalogarnos como “funcionales” dentro de una convención. Así, sobre nuestro acontecer, reina una forma eminentemente homogeneizadora, colocándonos en roles que a fuerza de ser determinantes en la imbricada estructura, resultan a la vez un espejismo, pues en la esencia que da vida a la relaciones sociales, existe un festín desbordado, a veces iracundo, a veces melancólico, que desgarra la vestiduras de la etiqueta pomposa que nos sujeta. ¿Y si nos olvidáramos de la estructura y empeñáramos nuestro día a día a la simple idea de subvertirla en un bacanal interminable, estaríamos un paso más cerca de desmoronar el futuro?    

La Torre Elysium promete ser un encantador lugar para vivir, o por lo menos eso es lo que pasa por la cabeza del doctor Robert Laing (Tom Hiddlestone), cuando decide mudarse a aquella gloriosa construcción que domina la vista de su entorno. Dentro del rascacielos se desarrolla la dinámica de un mundo comprendido dentro de sus propias reglas, cuya pretensión es alcanzar una sociedad ideal como modelo del mundo y las relaciones de los que en él habitan. Sin embargo, conforme el doctor Laing se desenvuelva en las dinámicas de aquella imponente construcción, descubrirá que el orden utópico que ahí existe, es sólo una apariencia que se desmoronará poco a poco, descubriendo la siniestra estructura que le da razón de ser.

Wheatley se vale de la novela de J. G. Ballard, para plantear una distopía cruda y muy cercana, en la que la represión cotidiana abandona su altamente apreciado “racionalismo”, para entregarse a la expresión pura de un deseo incontenible, lo que nos entrega una reflexión, mediada a partir de la ciencia ficción, de nuestro malestar frente a la rígidas molduras que determinan nuestro ser, en un tiempo en el que lo aparente se vuelve fundamental para un imperio dominado a través de la imagen. Todo representado en una  especie de thriller psicológico, enmarcado por un impecable diseño de arte, calcado en la sólida construcción de personajes excéntricos y muy bien representados por las sólidas actuaciones de un Tom Hiddleston atormentado, un Jeremy Irons sofocado, un Luke Evans desenfrenado, y una Elizabeth Moss aparentemente impasible.

En  una relación fina y, sobre todo, consecuente, la cinta desarrolla su construcción visual y sonora, a partir de la preponderancia y reiteración de la forma, como medio para construir una sensación, lo que  termina por representarse de modo exquisito en pantalla. A partir de una fotografía preciosista que procura de modo hasta obsesivo, la construcción de cada plano y cada movimiento, desarrollando en el espacio la geometría bien estilizada y poco angulosa de los cimientos tanto interiores como exteriores, en los que se desenvuelve la  vida moderna planteada dentro de esta ficción, que roza diametralmente, en una coincidencia que no es para nada fortuita, con la de nuestros alabados colosos de acero.

Estamos encerrados en una construcción que se degrada ante nuestros ojos, a la vez que la dinámica de los que habitan su interior, corre la misma suerte. En esta estrecha relación que tiene repercusiones estrictamente proporcionales, descubrimos que la ausencia total de sentido, desarrolla una confrontación que escala y se comunica a través del cuerpo del rascacielos, tal y como haría un virus letal que avanza infectando cada parte del cuerpo.

Así, comenzando por los pisos bajos, aquellos en los que habitan las clases sociales de  menor envergadura, y culminando  en la cúspide, en donde se reúnen los amos de la torre, vivimos el amplio perfil de relaciones que implican su estadía en aquel edificio, mismas que van desde la competencia como valor de desarrollo, el chisme y sus mitificaciones representada en la imagen personal, la explotación laboral y la lucha de clases que, gracias a la estructura del edificio, permite representar claramente, la relación de dominio que ejercen en el mundo, los de arriba (norte), sobre los de abajo (sur), que ven caer las sobras de su riqueza y las transforman en medio de supervivencia.

Hay una cuestión que resulta ciertamente inquietante, pues el rascacielos no está clausurado por ningún límite natural, es decir, no hay nada que detenga a los que ahí habitan de abandonar el jaloneo y dejar la miseria en que viven, sin embargo, reacios, hipnotizados por la magnificencia de la edificación, persisten buscándose una vida en el lugar más inhóspito. ¿Qué los detiene de salir y sobrepasar las fronteras de un edificio rodeado de un estacionamiento aparentemente interminable? Su necesidad de superar la diferencia y ser parte de la masa que, amándolos y odiándolos, les ha dado un lugar en el que “pueden ser”, evidenciando su temor a vivir más allá de la seguridad de lo que conocen, misma que los ata a su miseria.

El rascacielos es una cinta que, con el paso del tiempo, podría fácilmente convertirse en una película de culto en tanto a los escenarios distópicos representados por el séptimo arte. Su configuración es impecable en la hechura de sus aspectos más simples; además de ser psicodélica, morbosa, irreverente e incluso surrealista, en el tratamiento de la variedad de temas que desarrolla en un guion contundente, que marca la pauta de frenético golpeteo sustentado en el trabajo escénico y la desbordada contundencia de sus líneas. Wheatley presenta una película que, en el centro de su estructura caótica, busca ser un aliciente ideal para entablar una conversación en torno a la frágil estabilidad de la que se sostiene la interacción social, caminando sobre una tensa cuerda que se tiende sobre el vacío de la insensatez y el absurdo.

Sí, es pretenciosa y desproporcionada por momentos, lo que más que error, resulta en un enorme acierto que le permite distinguirse de la gran variedad de cintas cómodas y poco exigentes, realizadas a la medida del consumo masificado. El rascacielos es uno de esos tragos que raspan la garganta, pero te dejan con ganas de más. Un coctel tan corrosivo como alucinante, antídoto del soma acostumbrado. El que acepte encerrarse dentro del rascacielos y acceder a sus placeres, entenderá perfectamente a lo que Polanski se refería cuando dijo que el cine debería de hacerte olvidar que estás sentado en una sala. Bienvenidos al festín de las pulsiones más excéntricas, siéntanse como en casa, inquilinos de la aberración.

El cine no te crea ni te destruye, ¡te transforma!

HighRise, Reino Unido, 2015. Director: Ben Wheatley. Guión: Ben Wheatley y Amy Jump. Inspirado en la novela J. G. Ballard. Fotografía: Laurie Rose. Música: Clint Mansell. Actúan: Tom Hiddleston, Sienna Miller, Jeremy Irons, Luke Evans, Elisabeth Moss, James Purefoy, Keeley Hawes, Reece Shearsmith y Peter Ferdinando. Duración: 118 min.

Seguir a @Carlos_Men27

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