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La bruja, crítica

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Por Ernesto Rizo

Alrededor del miedo que nos habita, danzan las brujas

La expulsión de la familia (cuya historia se narra en La bruja) de la congregación religiosa a la que pertenece, obliga a sus miembros a buscar nuevas tierras para habitar. Pasan de una comunidad civilizada que los cobija a un territorio salvaje que los azota. La nueva tierra no es un Edén, al contrario, además de lo gélido y gris que es el entorno, uno casi sin vida, en el que nada crece, está bordeado por un espeso y oscuro bosque, cuya naturaleza es infranqueable por la lógica de la razón humana y cuya extrañeza roza un misticismo que hace tambalear la mitología religiosa arraigada en esta atormentada familia que cree devotamente en un Dios… que poco a poco los abandona. Entre desapariciones y sucesos extraños en el ambiente, los animales y los propios humanos, se desenvuelve la historia de una impecable cinta de terror. Y muy cercana, me atrevería a decir, al cine de fantasía.

Mediante una historia de simpleza cronológica pero de hondas complejidades, Robert Eggers debuta entregando una propuesta de cine de terror que perdurará. Una recreación fílmica para nuestros tiempos, que retoma propuestas clásicas del género, acerca de la mitología de los seres oscuros que danzan en el mundo del mal: las brujas y su comportamiento diabólico (según el mito) y pecaminoso (según se interpreten socialmente).

Con un respeto inmenso de esa mitología sobre la que se construye la trama, respeto que viene de la amplia cultura que demuestran los creadores, se traza una anécdota de horror que cala y nos remueve sentimientos profundos sobre nuestros propios miedos. Se hace referencia a los símbolos que han construido una mitología y una narrativa sobre el demonio y las brujas, y sobre el mal. Hay conejos negros, un macho cabrío; manzanas rojas y sangre. La película se impregna de poética, alejándose de todo formulismo cinematográfico de las películas de terror acostumbradas en los últimos años.

Los símbolos del mal se van colocando como imágenes de una fuerza equiparable al rechinido de los violines que auguran el acecho de lo funesto, o esos tambores que suenan a los ecos del mismo infierno, a través de un montaje sutil y sobrio, penetrante y poético. Un montaje profundo en el simbolismo y de una suavidad que invita al rompimiento cada que la toma se oscurece, pero que no rompe con jaloneos, sino penetrando en nuestra conciencia, provocando el miedo que está dentro nuestro, como el mal.

Las complejidades se dejan leer en el juego narrativo que vira una vez, otra vez, luego de proponer que el mal va penetrando en esta familia desde el interior. Niños que corren cantándole a Lucifer. Deseos que comienzan a nacer en una sociedad represiva. Una adolescente que así como comienza a sangrar se coloca un sombrero de bruja y juega a que lo es. La inocencia e infantilidad salvaje se torna maléfica para una sociedad de instituciones incuestionables: sobre todo Dios. Así, reflexionando desde Tótem y Tabú (Freud, 1913), podemos detectar como las temáticas se conjugan entre el incesto y la figura del padre cuestionada, burlada incluso y  se subraya que la película trata de un tema universal: los miedos que nos habitan. Los terrores de aquella sociedad, y la nuestra, a la libertad femenina. A la entrega del cuerpo femenino al goce. Pues las brujas, además de seres del mal, desde interpretaciones sobre las sociedades, han representado un elemento transgresor, que cuestiona la Gran Costumbre, que da a comer el fruto prohibido que es a su vez un libro, el conocimiento, que libera, que construye destruyendo.

En armonía, la música es un pasaje de escabroso compás que inquieta, como las largas transiciones de pantallas negras o de danza con el bosque. Y la fotografía es, además de una demostración de alta cultura de director y fotógrafo, un ejercicio cuasi pictórico. El cine es el arte de la luz, y en las sombras se teje el miedo que nos habita. La fotografía es un repaso al neoclasicismo de Goya, en esos rostros iluminados por velas, en esas figuras solitarias en habitaciones ambiguas en sus sombras (en la que se esconden los males, también habitando la casa) y esas cabezas al centro implorando piedad. Y es, incluso, homenaje a los parajes desolados de Millet (esa referencia al Ángelus, en el que los padres entierran al hijo). Es respetuosa con su lenguaje cinematográfico, demostrando su amor por el arte. Habla a través de los planos usados con precisión y los finos movimientos de cámara. Los diálogos de los personajes y sus actuaciones, imprimen potencia al drama.

Presenta además, viñetas alucinantes que igual asemejan cuadros, éstos ya no de Goya o Millet, sino de EggersBlaschke, que pintan las brujas y las diversas manifestaciones del demonio con sugerencia desconsoladora, una que muestra la sangre en toma seca y directa. Los miedos que nos habitan son expulsados con la histeria de esta familia fracturada. Y que se reprimen. Como la mujer que sangra, como el hijo que cuestiona al padre o incluso a Dios. Como la mujer, ser dador de vida, que se entrega al goce y crea (destruyendo costumbres).

Mujer desnuda, bruja o tachada por una sociedad represora, sobre un árbol frondoso: símbolo de creación, de abundancia, de vida.

Allá, en lo profundo del bosque danzan aquellos seres provenientes del mal, féminas que se alimentan de nuestros miedos y de la sangre de niños o animales, seductoras, siempre juguetonas. La bruja es, en fin, una respetuosa recreación de su mitología, así como una reflexión sobre la universalidad del miedo, en lo íntimo de una familia y en la comunidad de la sociedad. Una reflexión sobre el papel del disfrute sexual femenino. Tan oscura e inquietante. Tan bella en su cinematografía y en su narrativa. Alucinante. Soberbia.

¿Quieren probar el sabor de la mantequilla?

¡Viva el cine!

The Witch, EUA-Canadá, 2015. Dirección: Robert Eggers. Guión: Robert Eggers. Actuación: Anya Taylor-Joy, Ralph Ineson, Kate Dickie, Harvey Scrimshaw, Ellie Grainger, Lucas Dawson. Fotografía: Jarin Blaschke. Duracion: 93 min.

Seguir a @MRizoErnesto

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