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El nuevo Nuevo Testamento, crítica

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Por Carlos Meneses

Liberarnos de la costumbre

Hemos empeñado mucho de nuestro tiempo en reflexionar el sentido de la existencia, reproduciendo conceptos como “coincidencia” o “destino”, asimilando así la disparatada contingencia del día a día. Desafortunadamente, esto podría ser sólo figuración, consuelo o distractor, frente a la que es quizás la mayor incógnita de la historia: frente a la basta infinitud del universo, ¿por qué y para qué estamos aquí? ¿Y si fuéramos la distracción de un titiritero sádico y muy mal intencionado? ¿Vale la pena persistir frente a la tragedia de la vida?

Dios (Benoît Poelvoorde) existe, sin embargo, el ser benévolo y todo poderoso que hemos imaginado, está completamente alejado de la realidad. Desde un apartamento clase mediero, ubicado en el piso más alto del edifico más alto de Bruselas, Dios creo el mundo y lo habitó con los hombres. Su finalidad: entretenerse y disfrutar a costillas de su sufrimiento. Dios no vive solo, en el mismo departamento, viven su esposa (Yolande Moreau), aficionada al bordado y el béisbol; y su hija Ea (Pili Groyne), una niña inquieta que, al enterarse de la perversa forma en que su padre juega con la vida de las personas, decide entrar en su ordenador y enviarle a cada individuo sobre la faz de la Tierra, su fecha de defunción. Conscientes de la mortalidad como un plazo innegociable, los hombres comienzan a cuestionarse y reconsiderar el rumbo de sus vidas.

Al igual que en sus dos cintas más significativas, Toto, el héroe (1991) y Mr. Nobody (2009), Jaco Van Dormael desarrolla la historia a través de la maravillosa complejidad de la mirada infantil. Ea no termina de comprender la lógica del mundo, pues su interpretación ocurre desde una franca inocencia, lo que resulta en una muy interesante reflexión, por lo que los habituales prejuicios morales, no determinan su concepción del mundo. Su visión es propia de lo orgánico, considerando lo maravilloso de la vida como algo intrínseco a la naturaleza de las cosas.

Ea va en contra de las cosas que actualmente definen a las personas, con la enorme cualidad de escuchar su música interior, esa que funciona como una bella metáfora para representar la esencia de los personajes, a la vez que acercarnos a sus historias. A través de Ea, Van Dormael apela al espectador, invitándole a dejar su soberbia de lado, y escuchar las muy valiosas lecciones que una niña puede ofrecer.

Estructuralmente, la cinta se vale de una división en capítulos, misma que sirve para presentar a los personajes y, a partir del desarrollo de su personalidad y la historia que los caracteriza, construir una idea que representa la visión del director respecto a conceptos trascendentales para nuestra civilización, como podría ser el amor, el trabajo, la libertad, el dinero e incluso, la sexualidad. A pesar de lo complejo que podría resultar representar todos estos conceptos, la cinta suaviza la carga ideológica y las enseñanzas que a partir de allí surgen, en una cinta muy disfrutable, que se vale de la comedia negra, para cuestionarnos una y otra vez, sobre nuestro andar cotidiano.

Otro enorme acierto es el manejo de la música, pues no sólo resulta una especie de adorno que acompaña la acción, sino todo lo contrario, su inclusión enriquece a la cinta en múltiples formas. Los temas seleccionados además de ser muy acertados, construyen una muy rica experiencia auditiva, que resulta vital en dos acepciones posibles: además de inyectar vida a la secuencia, aporta en la construcción de la historia de los personajes, generando una clave sonora que los identifica en todo momento, en un sinfonía saturada, pero de enorme belleza.

Otro gesto distintivo en el cine de Van Dormael, es el fascinante diseño de producción, que trasciende su valor referencial, para involucrarse en una función narrativa, a través del manejo del espacio y su enorme potencial descriptivo. Todo esto refuerza la presencia de una muy acertada voz en off, sustentada en un guión repleto de líneas a la vez que ácidas, significativas para hablar nuestro tiempo, en una narración que nos conduce delicadamente por el desarrollo de una cinta que, a partir de la saturación de elementos y algunos gestos propios a un metalenguaje, matizan la estructura de una farsa muy sólida del mito fundador del cristianismo.

El nuevo Nuevo Testamento es una cinta muy disfrutable, que nos invita a cuestionar la tragedia involuntaria del hombre moderno, en una cinta que descubre, a partir de los excesos, una forma de inquietar desde un humor de altos vuelos. En el subtexto, el motivo de su conflicto nos confronta con la elección que decidimos relegar cada día, el anhelo que dejamos para otro día, esperanzados en el tiempo y la lejanía de la muerte. Von Dormael apela a cualquiera que visualice su cinta, lanzando una invitación muy pertinente: liberarnos de la costumbre.

El cine no te crea ni te destruye, ¡te transforma!

Le tout nouveau testament, Bélgica, 2015. Dirección: Jaco Van Dormael. Guión: Jaco Van Dormael y Thomas Gunzig. Fotografía: Christophe Beaucarne. Actúan: Pili Groyne, Benoît Poelvoorde, Marco Lorenzini, Yolande Moreau, Catherine Deneuve, Laura Verlinden, François Damiens, Serge Larivière. Sección oficial (Quincena de Realizadores) en el Festival de Cannes 2015. Duración: 113 min.

Seguir a @Carlos_Men27

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