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Terciopelo azul, crítica

TerciopeloazulCinevive

Por Ernesto Rizo

Suave como una caricia del diablo

Una suave música suena, luego de dejar una textura aterciopelada en la que se superponen los créditos iniciales con la música inventada por Angelo Badalamenti. Un cielo azulísimo, flores, las viñetas de un pueblo tranquilo y un hombre que riega el jardín junto a su perro. Bobby Vinton canta Blue Velvet y luego, filmada con sutileza, viene la desgracia. El subsuelo en el que habitan los escarabajos.

Corre 1986 y David Lynch da a conocer al mundo su obra maestra: Terciopelo Azul.

Jeffrey (Kyle MacLachlan) acaba de regresar a Lumberton, su pueblo natal, cuando en una caminata encuentra en un baldío una oreja humana tirada en el suelo. Decide llevarla a la policía y en el entretanto de la investigación, el apuesto joven conoce a Sandy (Laura Dern), hija del detective, quien le deja saber algunos pormenores al muchacho. Su curiosidad, entonces, le hará querer adentrarse al misterio. Visita el departamento de una bella mujer llamada Dorothy Vallens (Isabella Rossellini), que se cubre con terciopelo azul, y desde ese momento una serie de sucesos extraordinarios se desarrollan, en una historia marcada por la aparición de un Dennis Hopper que interpreta a un villano que habita en nuestras peores pesadillas y en el tranquilo pueblo maderero de la ficción. Una trama que Lynch construye entre el misterio y lo erótico; entre el suspenso y lo surreal.

Terciopelo azul es una película que a nivel argumental construye una ambivalencia constante entre el mundo del mal y el bien. Dicha ambivalencia es luego representada mediante los elementos estéticos que construyen la cinta, desde sus actuaciones y líneas, los colores, la música y las situaciones que se desarrollan con misticismo y en ocasiones rozan el surrealismo, y que van tejiendo una tela-trama cargada de misterio y suspenso, conformada como estupenda expresión del cine negro al particular estilo del director, una trama-tela tan delicada y fina que pareciese querer simular el terciopelo. Está cargada de erotismo y su expresión es redondeada por los encuadres del director sobre la belleza de Rossellini, y los movimientos de cámara que pareciesen querer acariciar los objetos y a los sujetos.

Jeffrey es un muchacho contrastado, alegoría puesta en el personaje principal de la ambivalencia con que está cargada la cinta. Está enamorado de Sandy pero a la vez le atrae el misterioso mundo de Dorothy Vallens, la mujer cubierta por el terciopelo azul, cantante sensual, víctima y proyección personificada del erotismo de la película. El contraste se da en el pueblo también, que en su superficie parece un lugar de gente buena (ahí es donde los colores intensos y marcados por la claridad de la luz del sol juegan su papel), pero que se oscurece por las noches que muestran la cara oculta del lugar: uno corrompido por el crimen. De repente el contraste parece tejerse como un cuento de hadas muy oscuro en el que la princesa espera la llegada de un tiempo mejor, con el arribo de los petirrojos.

Jeffrey es un “buen muchacho” que, sin embargo, se ve atraído por el misterio y por el erotismo de Dorothy. Tal cualidad lo lleva a desentrañar lo que hay de oculto en el pueblo cuyo demonio está perfectamente interpretado por Hopper. En una noche desafortunada, Lynch recrea una secuencia violenta que se corta con tajos de surrealismo: un dealer afeminado y con rasgos de payaso cantando In Dreams de Roy Orbison o una mujer bailando con desparpajo la suave melodía encima de un coche mientras un acto de violencia se concreta.

Cada situación toma sentido por las estupendas interpretaciones de un reparto muy destacable. La personalidad de una tierna y algo ingenua Laura Dern se sitúa en bello contraste con la sensualidad de Isabella Rossellini, mientras MacLachlan da muestras de sus grandes dotes de hombre dividido entre una vida rutinaria y lo punzante del lado oculto de las cosas. Hopper además de siniestro es cómico. De un humor oscuro como el mundo que lo recubre. Los secundarios aportan solidez al entramado del thriller, y aquellos “puestos” por Lynch sirven más de una vez como botón de muestra del absurdo en el que suele moverse el director y que caracteriza su filmografía.

No hay perspectiva moral que privilegie el bien o el mal; en lugar de eso, Lynch construye una anécdota que nos lleva a reflexionar sobre la convivencia permanente de ambos mundos, de ambas dimensiones y de las variaciones que se presentan en una sola persona, en un solo sentimiento como el amor, en una sola película. 

Y así, la armonía que es esa búsqueda de perfección en el arte, incluido el cine, se gesta y desarrolla en esta película gracias a la mentalidad intrincada de su autor. Uno que más de una vez ha demostrado que en sus cintas conviven lo más hermoso de la vida con lo más oscuro en una danza de texturas sonoras y visuales muy estimulantes. Aquí, con el azul, el color del erotismo, hizo una cinta de sutilezas y violencias. Un cuento oscuro con un final esperanzador. Un paseo por la sordidez de la mente humana.

Nostros somos como Jeffrey que, seducido por ese sentimiento ancentral del ser humano de la curiosidad, y gracias al erotismo que es fuerza atrayente de la naturaleza, quiere mirar lo que está prohibido mirar, y conocer lo que no debería conocerse si uno quiere mantener la tranquilidad. Es tarde, hemos mordido el anzuelo. La caricia nos ha seducido. Y es la caricia del mal.

¡Viva el cine! ¡Vida David Lynch!

Blue Velvet, EUA, 1986. Dirección: David Lynch. Guión: David Lynch. Fotografía: Frederick Elmes. Música: Angelo Badalamenti. Reparto: Isabella Rossellini, Kyle MacLachlan, Dennis Hopper, Laura Dern, Hope Lange, Dean Stockwell, George Dickerson, Priscilla Pointer, Frances Bay, Brad Dourif. Duración: 120 min.

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