Cinevive Colaboran Crítica Diego Venegas

El show de Truman, crítica

ElshowdeTrumanCinevive

Por Diego Burbank

Manifiesto de un “hombre verdadero”

Y por si no nos vemos, ¡buenos días, buenas tardes y buenas noches!

Imagina despertar y darte cuenta de que toda tu vida es una mentira. Las personas que han pasado por tu vida no son más que actores profesionales; los consejos, las palabras, todo aquello que escuchaste alguna vez eran guiones de un libreto más grande que “alguien” ha escrito para el regocijo de un público. Todo lo que has dicho y hecho ha sido visto por espectadores que siguen todas y cada una de tus actividades, por extraños que te siguen con un ritual casi religioso, que no se pierden ningún capítulo de tu vida, al grado que te has vuelto tema de conversación en la mesa, en los bares. ¡Eres la estrella del reality show más importante de la televisión! Eres un ídolo, lo que millones de personas sueñan a diario, y por lo que darían hasta su vida. Solo  hay un problema, y es que tú ni siquiera lo sabes.

Ésta es la premisa de El show de Truman. Truman Burbank (Jim Carrey, en una de las mejores actuaciones de su carrera) es un vendedor de seguros, cuya existencia completa desde su nacimiento ha sido sintonizada por millones de televidentes. Su familia, su pareja, la “muerte” de su padre en una tormenta, cada cliente al que logra venderle un seguro, han sido manufacturados por una corporación que lo adoptó y que lo ha convertido sin su consentimiento, en un personaje de un reality show. Sus días transcurren en un set de televisión tan grande que por su tamaño es visible desde el espacio exterior. Su vida ha sido filmado a través de miles de cámaras ocultas las 24 horas al día, y es transmitida en vivo a todo el mundo, permitiendo al productor ejecutivo Christof (Ed Harris) captar la emoción real de Truman y el comportamiento humano cuando se pone en determinadas situaciones.

Christof ha creado un mundo completamente artificial, Seaheaven, del cual puede controlar el clima, las tormentas y hasta la duración de los días. El sol, el mar y la luna son elementos más dentro de su set. Mitad Dios y mitad Padre, Christof alega que su creación es un acto de bondad en el cual no sólo le ha dado una vida plena a Truman, también lo ha protegido de los peligros del mundo real, aquel donde el hambre, la injusticia y la infelicidad existen. En éste mundo perfecto regido por su propia entelequia, ha creado un “Paraíso” con sus propias reglas y sus propias verdades. Pero a cambio de estar en ese paraíso, jaula de oro que llama libertad, Truman ha perdido lo más anhelado para el ser humano: una vida propia con libertad para decidir.

Truman es una broma, un experimento cruel en una sociedad cuyo valor más importante -que como escribiría Vargas Llosa- es el entretenimiento, el no aburrirse. El reality show es una expresión de todo lo que la sociedad hace, dice, teme y adora, que en nuestros tiempos está acostumbrada a ver la vida pasar, y que lo único que quiere es no bostezar, aunque esto solo requiera pasividad. Es también Truman un símbolo, un vehículo de los sueños y expectativas de las demás personas que se preguntan mientras lo ven dormir —acompañado con la minimalista e onírica música del siempre espléndido Phillip Glass— qué soñará. ¿Se dará Truman cuenta algún día del engaño? Los espectadores son por tanto cómplices sin culpa, que por un lado generan simpatía hacia Truman, y por el otro esperan que el show continúe sin importar se prolongue el sufrimiento del protagonista.

Le han insertado el miedo al agua para asegurar que no pueda salir de Seaheaven, le han dicho en la escuela que todo ya está descubierto, le han dado estabilidad, trabajo, familia, amigos y pareja, —ataduras tan fuertes que nos impiden progresar en la búsqueda de lo que realmente deseamos—. Pero la verdad no puede ser guardada mucho tiempo; hay algo en la vida de Truman que no puede ser controlado ni determinado, algo que se escapa, un impulso latente de alcanzar la libertad genuina en el fondo del ser renuente de ser oprimido, y que permite al ser humano seguir luchando pese a la injusticia. Ese impulso nace en Truman, y lo lleva a pelear en contra de todo, como un Kafka televisado queriendo entender su vida, su entorno, su pasado, para decidir sobre su propia vida. Y cuando Truman empieza a descubrir por su cuenta la farsa, nada podrá detener su liberación, —una “Revolución que sí se televisará”—, y con él la de los espectadores, si es que apagan el televisor y quedan solos ante sus propias vidas.

Truman (true-man u hombre verdadero), es el único hombre auténtico en este mundo plástico, lleno de actores, maquillaje. Truman es lo real, la esencia de lo humano, el sueño mismo por alcanzar la libertad, por materializarse, por expandirse y trascender sus propias limitaciones; es un bello retrato del ser que pese a sus miedos, y contra los designios de su productor busca salir de la Caverna para alcanzar una verdad más grande, más bella, una luz no artificial, sino auténtica y pura. El show de Truman es una metáfora de la lucha del humano contra un dios falso que determina los espacios, contra el dios que limita, el dios vanidoso que solo es amo en medida que su esclavo le obedece.

The Truman Show, Estados Unidos, 1998. Director: Peter Weir. Guión: Andrew Niccol. Fotografía: Peter Biziou. Música: Philip Glass y Burkhard Dallwitz. Reparto: Jim Carrey, Laura Linney, Noah Emmerich, Ed Harris, Natascha McElhone, Holland Taylor, Paul Giamatti, Adam Tomei, Harry Shearer, Brian Delate, Philip Baker Hall, Peter Krause y O-Lan Jones. Duración: 103 min.

Instagram: @diegogvive777 o escribe a diegogvive@gmail.com

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