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Encuentros cercanos del tercer tipo, crítica

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Por Ernesto Rizo

El maravilloso y grandilocuente choque de dos mundos

Salimos al exterior de noche. Miramos al cielo y algo parece anormal. Una luz que no es una estrella ni un avión. Se mueve y brilla pero no parece una creación humana. Alguien nos visita. Una melodía suena como si fuera el eco del universo y un símbolo se impregna en nuestra cabeza, luego de un suceso de cercanía inquietante con algo que no es de este mundo. Alguien nos visita y no es para destruirnos, es para descubrirnos y para que nosotros descubramos también lo que hay más allá de nuestro mundo…

Encuentros cercanos del tercer tipo es la película que continuó la filmografía de Steven Spielberg luego del clásico de suspenso Tiburón (1975). Comento ahora, una película de ciencia ficción, y que también juega en el terreno del suspenso, que ha quedado inscrita en la conciencia de muchos cinéfilos a lo largo de la historia. Un filme que colaboró en el desarrollo de la imaginación colectiva acerca del encuentro de nuestro mundo con los otros mundos del universo y los seres que posiblemente los habitan, y que de vez en cuando nos visitan.

Esta cinta cuenta una historia general de un encuentro trascendental, mediante el tejido de tres historias particulares, de los tres personajes principales unidos por el destino (marcado por el universo), en un momento maravilloso hacia el final de la película: un científico apasionado por el tema de los OVNIS (Francois Truffaut), una mujer (Teri Garr) que padece la abducción de su hijo pequeño y un hombre (Richard Dreyfuss) que tienen una familia pero se ve fascinado por los sucesos extraños que comienzan a ocurrir en el lugar que habita. Sucesos que comienzan a dibujar una trama que tiene un ritmo in crescendo y que se va construyendo con hermosa armonía mediante cada elemento de la cinematografía de Spielberg: una grandilocuente y maravillosa, hacia el final, pero que juega en terrenos narrativos del suspenso y la comedia.

La película tiene como base un guión excelente por su precisión, por su ritmo, por la narrativa cargada de emociones que pasan incluso por el humor, y que permite el desarrollo de una cinta con una fluidez muy disfrutable. Spielberg desarrolla en paralelo las tres historias, centrándose en el personaje que magníficamente recrea Dreyfuss, quien es testigo de los primeros avistamientos de OVNIS en el pueblo en el que lleva una vida tranquila junto a su esposa e hijos, como sus vecinos. El hecho, en una noche extraña para él y para los testigos del mismo, comienza a trastornarlo, hasta que su familia decide abandonarlo. Mientras la investigación del científico, recreado por el maestro del cine Truffaut, avanza, y la mujer interpretada por Garr sufre por su pequeño, inquieto y curioso niño. Las tres historias se van entretejiendo hacia el final, convirtiendo el asunto en uno cargado de familiaridad y que terminará, a través de la solidaridad que atraviesa fronteras no sólo terrenales, en la trascendencia.

La narrativa está cargada de un tono cálido que esconde cierto humor negro que se burla de la configuración de una sociedad enajenada en la vida que la “clase media” proporciona, y que ante lo desconocido comienza a sufrir de una locura colectiva que convierte el encuentro de dos mundos en algo necesariamente íntimo, secreto incluso, determinado por una comunicación mediante una visión colectiva de una meseta que se repite en la cabeza de las personas y una melodía, una curiosa melodía…

La fotografía de Vilmos Zsigmond es la perfecta composición para una historia como ésta. La construye jugando con los colores en alta intensidad y privilegiando las noches que muestran preciosos cielos llenos de auroras y estrellas brillantísimas, jugando con las luces, de todos colores, de las naves extraterrestres y apoyándose en los innovadores (para su tiempo) efectos especiales elaborados por Douglas Rambaldi. Efectos que, cabe decir, se alejan de la plasticidad simétrica de 2001: Una odisea en el espacio (Kubrick, 1968) y se tornan más dinámicos, juguetones, estimulantes para la vista y, en fin, propicios para la grandilocuencia que Spielberg busca en cada filme.

Una grandilocuencia que además se proyecta con el uso narrativo de la música fantástica que desarrolla aquí, con su acostumbrada maestría, John Williams. Una deliciosa sinfonía que va remarcando cada matiz narrativo que la película presenta. En sus cambios de situación se colocan los cambios musicales que imprimen un sentimiento envolvente con las imágenes.

Y todo funciona. El guión demuestra audacia; las actuaciones aportan credibilidad; las imágenes en movimiento, y esa plasticidad con los colores propios del estilo de Spielberg, embelesan, y la música nos lleva, nos consiente, nos hace las cosas digeribles con la dulzura de un postre. Los efectos visuales nos sorprenden (ojalá se pudiese tener la oportunidad de ver la película por vez primera en su año de estreno). El choque de dos mundos se nos presenta, en fin, como un suceso tan maravilloso que sólo la grandilocuencia de este director pudo lograr.

Alguien nos visita y no es para destruirnos, es para descubrirnos y para que nosotros descubramos también lo que hay más allá de nuestro mundo… ¡vayamos!

Veo cine; luego existo.

Close Encounters of the Third Kind, EUA, 1977. Dirección: Steven Spielberg. Guión: Steven Spielberg. Reparto: Richard Dreyfuss, Teri Garr, Francois Truffaut, Melinda Dillon, Cary Guffey. Fotografía: Vilmos Zsigmond. Música: John Williams. Duración: 137 min.

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