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Mandarinas, crítica

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Por Carlos Meneses

Un brindis por la vida

Magnífico es el cine que apela a nosotros, aquel que nos hace palpitar, reflexionar, incluso, reconciliarnos con la infinita belleza de la vida. Grandes obras han apelado a esta pretensión, sin embargo, alcanzar tan alto objetivo, no es tarea sencilla. En aisladas ocasiones, el cruce ideal entre maestría técnica y genialidad, comulga, generando verdaderas joyas cinematográficas, obras que apelan a abandonar su materialidad, esa que las ha situado en una archivo cifrado o una lata, para tocar fibras profundas, y escarbar en lo más hondo de nuestra condición humana. Ese es el caso de la maravillosa Mandarinas de Zaza Urushadze, una cinta igualmente bella que desgarradora.

Corre el año de 1990, en una pequeña provincia georgiana, Ivo (Lembit Ulfsak) se resiste a abandonar su hogar, a pesar de la guerra que se ha desatado a su alrededor. Contrario a la mayoría de sus compatriotas que han decidido refugiarse en Estonia, Ivo permanece en su hogar con la intención de ayudar a Margus (Elmo Nuganen), amigo cercano, con la recolección de su cosecha de mandarinas. Una tarde, soldados chechenos y georgianos, combaten a las afueras del hogar de Ivo, que decide cuidar a los dos sobrevivientes del enfrentamiento, y abrirles las puertas de su hogar, a pesar de su condición de “enemigos naturales”, con lo que la tensión entre los sobrevivientes irá en aumento.

Situada en el marco del conflicto bélico ocurrido en Georgia, Urushadze desarrolla una cinta francamente valiosa, que en el sentido más profundo de su construcción, cuestiona uno de los peores horrores de la humanidad: la guerra. A partir de un exquisito equilibrio entre la sobriedad estética de su propuesta y la magistral construcción de su trama, Mandarinas nos confronta con el absurdo de la aniquilación entre seres humanos que, divididos por etnias, religiones o cualquier tipo de sustento ideológico, han dejado terribles marcas en la cúspide del tiempo.

El desarrollo de la cinta, nos presenta un drama contenido, que nos permite entrar en la intimidad de un conflicto bélico fuertemente arraigado, utilizando como principal recurso la construcción de un guion inteligente, cuya principal virtud es la potencia que imprime al desarrollo del conflicto a partir de sus líneas. Sin embargo, el alcance de su discurso no poseería la misma magnitud sin la excelente interpretación de todos los que en ella participan, y muy en especial de Lembit Ulfsak, que recrea un personaje de carácter fiero con una muy sensata comprensión del entorno.

La sobriedad es una de las mayores virtudes de la cinta y uno de los principales motivos por los que el relato avanza con una destreza admirable. Un elenco reducido, con personajes muy bien caracterizados en el rol que deben representar: dos casas de campo, humildes desde cualquier perspectiva, y una plantación de mandarinas, son suficientes para construir una figura  redonda, capaz de exponer la forma en que la guerra transforma a los que en ella se involucran.

Si bien Mandarinas se desarrolla en el centro de un conflicto bélico, su tema no resulta mas que un pretexto ideal, en el desarrollo de una problemática realmente preocupante para las sociedades modernas: la intolerancia. Para fines prácticos, la nacionalidad o el país en que el conflicto se sitúe, puede relegarse a segundo término, retratando, a manera de  documento histórico, el conflicto bélico de Geogia en 1990; sin embargo, es su carácter de denuncia frente a la falta de empatía y comprensión de un sentido amplio e incluyente de la condición humana, lo que realmente destaca.

Vida y muerte existen como la forma perfecta que domina la naturaleza. Dentro de este complejo interactuar, existimos, deseosos de encontrar sentido. Mientras para algunos el sentido de la vida reside en tratar de recolectar una cosecha de mandarinas, para otros, el sentido se encuentra en aniquilar al otro. Frente a las mandarinas que crecen jugosas, rebosantes de vida, el fuego de la inconsciencia lo abraza todo, perpetuando el paisaje con cruces lúgubres, indicativo absoluto de muerte.

Mandarinas es una película que todo mundo debería ver. En sus escasos pero muy poderosos 83 minutos, Urushadze desarrolla una cinta noble, lección de vida y cine a la vez, para todo los que pensamos que la experiencia de ver una película puede influir significativamente en nuestra  aproximación con el mundo. En medio de la intolerancia y la violencia desbordada, hay quienes prefieren antes que celebrar la muerte, enaltecer la maravilla de poder contemplar la noche y proponer un brindis por la vida.

El cine no te crea ni te destruye, ¡te transforma!

Mandariinid, Estonia, 2013. Dirección: Zaza Urushadze. Guión: Zaza Urushadze. Fotografía: Rein Kotov. Actúan: Lembit Ulfsak, Giorgi Nakashidze, Misha Meskhi, Elmo Nüganen y Raivo Trass. Nominada a mejor película de habla no inglesa  en los Óscar 2014. Duración: 83 min.

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