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El hijo de Saúl, crítica

SonofSaulCinevive

Por Ernesto Rizo

Tétrica fábula del infierno en este plano de la realidad

El hijo de Saúl, la ópera prima de László Nemes, es una visión del holocausto diversa a las muchas que se han mostrado a lo largo de la historia del cine y que se concentran en la perspectiva bélica. En otra línea, esta cinta nos presenta la historia de Saúl Ausländer (Géza Röhring), un prisionero de un campo de concentración nazi que debe trabajar en el exterminio de judíos en las cámaras de gases: despojándolos de sus ropas, encerrándolos en las cámaras, mientras se escuchan los gritos de desesperación y se denota la mirada fría (de Saúl y de los demás trabajadores), totalmente deshumanizada, apilando luego los cuerpos en montones (tratados y calificados como “pedazos” de carne, menos que objetos), y arrojando las cenizas al mar, con palas que son extensiones finales de la maquinaria absolutamente cruel de la Alemania nazi.

Todo el peso dramático de la película recae en la pretensión de Saúl por enterrar, siguiendo los preceptos religiosos de los judíos, llevando a cabo un ritual con la presencia de un rabino (que se esfuerza en encontrar en otros sonderkommandos como el suyo), el cadáver de un niño, su supuesto hijo (¿lo es o no?, nunca lo sabremos). Es así, como la tensión está presente en todo el desarrollo, pues nosotros como espectadores, somos testigos de lo imposible de la pretensión de Saúl en el entorno infernal en el que se desenvuelve.

La técnica de filmación de la cinta, además de ser realmente destacable así, como trabajo técnico, es perfectamente adecuada para la historia que se nos cuenta, desde la perspectiva en la que se sitúa, y porque funciona otorgando mayor fuerza estética al lenguaje cinematográfico del filme. Por eso se justifica la utilización privilegiada del over the shoulder que nos muestra las peripecias de Saúl, al cual seguimos desde la espalda a la altura del hombro que sirve de marco para cuadros en los que se dibujan las escenas infernales del campo de concentración, pero sin ser explícitos, sino, al contrario, difuminados y fuera de foco, lo que, por una parte, aleja a la película de lo grotesco de otras propuestas y, por otra parte, acentúa, de nuevo, el discurso de la misma: desesperanzador y desgarrador.

La película se sustenta con una bella fotografía muy sobria que acentúa las sombras y simula la mirada que puede tenerse de un entorno infernal (los extremos de una guerra que destruyó a miles de humanos), así, entre humo, suciedad, polvo que parece impregnarse en la lente (polvo de cenizas de humanos), fuego, rostros cansados, sin espíritu y movimientos maquinales de seres humanos que destruyen a otros seres humanos, todo perdiéndose en el fuera de foco.

Además hace uso de un diseño de audio tan árido como la historia misma. Escuchamos lo que sucede y se nos va mostrando sin piedad, y se va reforzando la sensación de desahucio, de absoluta desolación. No puede haber salvación para el hombre en este infierno. La esperanza es solo una ilusión.

Las actuaciones son muy bien desarrolladas, pues cada personaje recrea de buena forma su estado en este contexto: máquinas de destrucción que no pueden mostrar sentimientos, no hay tristeza, no hay furia; hay seguimiento de órdenes nada más, sin cuestionar.

Así, cada elemento de la cinta se va conjugando con un discurso durísimo. Pues este filme es un testimonio más de la crueldad del hombre en su búsqueda de poder, pero por debajo, es decir, asomándonos al destino de todas aquellas víctimas colaterales que no tienen nombre, ni rostro (por eso Saúl también cubre su cara y sólo sabemos de su búsqueda por pretender que haya salvación, aun más allá de esta realidad, para el hombre, a través de esta muestra cinematográfica, sobria pero muy adecuada para nuestro tiempo).

La película termina mandando un mensaje más que desconsolador. Nos arroja sin miramientos a una metáfora kafkiana, de no-salvación, de no-futuro, pues un cadáver se pierde en el infierno, sin una muerte digna (y luego de una vida nada digna), y una mirada inocente sirve solo para anunciar la llegada de la muerte: así, en círculo infernal.

En fin, película dura, que cala hasta los huesos, alejada del horror explícito en el que pudo caer según lo que cuenta, pero reforzada mediante todos sus elementos técnico-estéticos en su discurso. Oportuna, indispensable.

¡Viva el cine!

Son of Saul, Hungría, 2015. Dirección: László Nemes. Actuación: Géza Röhrig,
Levente Molnár, Urs Rechn, Sándor Zsótér. Guión: László Nemes y Clara Royer. Fotografía: Mátyás Erdély. Duración: 107 min.

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