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El demonio neón, crítica

Por Marisol Sagastume

¿Qué tan real es lo real?

Una mujer se nos presenta sentada sobre la cama de un motel que podría ser cualquiera. Vestida de un azul que recuerda a una princesa que se hubiera equivocado de cuento, y con su melena de muñeca enmarcando el pálido rostro de infantiles facciones, mira hacia el frente como buscando algo. La cámara se acerca lentamente y, cuando sentimos que nos aproximamos a ella, nos aleja de golpe, solo para mostrarnos que aquello que creíamos ver, no es más que su reflejo. Un espejo que recuerda el juego de Velázquez en “Las Meninas” para plantearnos aquello que está fuera de cuadro; para que miremos lo que no está. El cine, al igual que la fotografía, ya es de por sí el colmo de la mediación, es la imagen despojada de su referente. En El demonio neón, esta necesidad de mediar la realidad a través de su imagen, de representar, se evidencia con mayor potencia gracias al constante recurso de los reflejos. Los espejos son un elemento central en esta película, porque aquí lo que importa es la imagen, el contenedor más allá del contenido; lo visible.

¿La trama? Quizá tampoco importa demasiado (o sí, en medida que es consecuente con el tono frívolo de la cinta). Elle Fanning protagoniza en esta cinta de Nicolas Winding Refn (Drive,2011) el cliché de la joven inocente de inigualable belleza que a todo el mundo fascina. La niña provinciana y huérfana que se va de casa para perseguir un sueño: triunfar en el mundo de la moda. Pero en su camino, se topa con la rudeza del mundo, con la envidia y con la trágica advertencia de una realidad oculta bajo miles de capas. Su único aliado, un novio reciente a quien abandonará cuando descubra que la profundidad no es relevante, y hasta estorba cuando una quiere ser la próxima Heidi Klum. El resto de los personajes son, en su mayoría mujeres hermosas, terriblemente hermosas. Tres en particular que funcionan como arquetipos de la maldad oculta bajo la máscara de lo aparente: dos modelos consagradas que quieren acabar con Jesse por miedo a que las desplace (porque al menos tienen clara la brevedad de sus circunstancias) y una maquillista (Jena Malone) que desea acostarse con ella y que, en su intento, recuerda un poco la relación lésbico-narcisista de Natalie Portman y Mila Kunis en El cisne negro. Jesse comienza su proceso de transición de niña dulce e ingenua a mujer seductora y sin escrúpulos, al tiempo que las tres mujeres conforman una especie de aquelarre vampírico para destruirla.

La película está cargada de un simbolismo que recuerda un poco el trabajo de Matthew Barney y su marcado interés por el objeto escultórico y la instalación. Uno de los grandes aciertos de la película es la fotografía, a cargo de Natasha Braier, que utiliza una predominante iluminación roja y un colorido totalmente artificial.

Por otro lado, tenemos una dirección de arte brillante. Hay una escena en particular de marcado carácter teatral que hace pensar en Barbazul de Pina Bausch: varias mujeres de peinados idénticos en ropa interior esperan sentadas, los brazos cruzados, en sillas distribuidas al centro de un gran salón de un impecable blanco, todas inmóviles, más como maniquíes en un escaparate que como seres con vida. También hay un par de silencios visuales que funcionan de maravilla para no saturar al espectador.

Otro aspecto que es importante mencionar, es la constante alusión a la muerte, y no es casual. Dice Roland Barthes en La cámara lúcida que ser imagen equivale a ser muerte, ya que la fotografía despoja al ser de su referente. El único defecto de la película: no han sabido en qué momento detenerse, de modo que una película de absoluta congruencia y una total economía del lenguaje, concluye con una serie de fragmentos caprichosos e innecesarios. Un poco como si se tratara de un estudiante de cine apasionado que que ha decidido conservar el total de aquello que filma, pues le parece importante más por afectivo que por funcional; como si nadie se hubiera preocupado por la post-producción. Se trata de una cinta que en definitiva, no merecía un final así. Una película en donde sabes desde el comienzo que las cosas no saldrán bien, pero no importa, porque no está pensada para sorprender a nadie; no es ni pretende ser una obra cómoda (de hecho hay momentos en que resulta bastante incómoda). Sin embargo, la película llega a un punto, un límite que se siente claramente como el final. Y luego sigue… y sigue… y sigue, sin sentido alguno, hasta que pareciera que la propia cinta decide que no le ha quedado más remedio que terminar, porque ya se siente demasiado forzada y poco creíble. Se ha vuelto una burla de absoluta autocomplacencia, y es en ese instante en que ni la propia película podría creer el curso que ha tomado, en que decide morir de manera abrupta y ridícula.

Por lo demás, la película vale mucho la pena, aunque quizá yo recomendaría salir de la sala de cine unos veinte minutos antes de que finalice, solo para no romper el encanto.

The Neon Demon, Estados Unidos, 2016. Dirección: Nicolás Winding Refn. Guión: Nicolas Winding Refn. Actuación: Elle Fanning, Karl Glusman, Jena Malone, Bella Heathcote, Abbey Lee y Keanu Reeves. Fotografía: Natasha Braier. Música: Peter G. Adams y Gregory Tripi. Duración: 117 min.

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