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Semana santa, crítica

SemanasantaCinevive

Por Marisol Sagastume

El torpe cobijo del esparcimiento

Desde que tengo uso de razón, mi familia tiene la costumbre de apartar una semana al año para viajar a la playa, casi como si aquello fuera lo único que le otorga sentido a los otros 358 días. La mala organización suele orillarnos a clichés absurdos y situaciones que con facilidad podríamos identificar como chistes gastados y de mal gusto (un auto que se descompone en medio de la carretera, el abuelo que se enferma, los tíos que siempre terminan peleados). De un par de años para acá, he descubierto que ese gesto de salir todos juntos a “pasarla bien” y descansar, tiene algo de siniestro al más puro estilo freudiano. Ese reunirnos año tras año con lo que pareciera que tenemos ya tan digerido, invariablemente nos enfrenta a terrenos inexplorados y vertiginosos.

Sucede un poco lo mismo con los tres personajes que protagonizan Semana Santa (2015). Dalí (Anajosé Aldrete Echeverría), una mujer joven de aspecto desaliñado viaja a Acapulco con Pepe (su hijo pequeño) y Chávez (su pareja). Alejandra Márquez Abella logra construir tres seres que, a simple vista, parecen conformar una familia que podría catalogarse dentro de los parámetros de lo “normal”. Padre, madre, e hijo (aunque él insista en remarcar que no es el padre del niño). Pero, como suele suceder cuando uno empieza a adentrarse en cualquier situación, resulta que nada es normal y, por ende, todo lo es. Las cosas poco a poco comienzan a salirse de control y cada personaje debe enfrentarse con la tragedia de estar solo en un mundo colmado de cuerpos; con esa sensación de extrañeza, de estar y no estar presente. El viaje, de pronto, comienza a volverse interno, pero los personajes se resisten por odiar, por aborrecer el no contacto, el inevitable no contacto.

Después de un par de días transitando del hotel a la playa, de la playa al hotel, los tres se separan; a veces es necesario tomar distancia para encontrarnos, pero ellos no se encuentran, porque de inmediato conocen a alguien más que, de alguna forma, los cobija. “Como si te taparan con una sabanita”, dice Dalí cuando intenta explicar a Pepe, con cierta incapacidad, la sensación de una borrachera. Y me imagino, entonces, una sabanita tibia, pero ligera. Un alivio instantáneo, un abrazo torpe. Me imagino que la sabanita nos protege de nosotros mismos, porque es el Otro quien nos cubre. No es “como si te taparas con una sabanita”, es “como si te taparan (…)”. Hay algo en ese acto que tiene que ver con la huída. Y, como una paradoja, hay en la película una necesidad casi patética por parte de los personajes de profundizar, de replegarse en sí mismos.

El agua, con una delicadeza y una economía visual magistral, se vuelve metáfora de ese “querer entrar” en nosotros mismos. Los movimientos de cámara como imitando la corriente resultan acertados y funcionan con un ritmo preciso y natural. También hay algo de íntimo en los planos que, cuando no nos muestran una muy cercana aproximación a los rostros, nos exponen meticulosos acercamientos a las manos de los personajes, a las acciones concretas. Y es que las manos funcionan como puente con el mundo, un poco como sucede con el lenguaje, pero de una forma más primitiva/intuitiva. Pero, ¿hasta qué punto podemos acercarnos realmente a estos seres de soledades aplastantes? Ellos mismos no parecen capaces de aproximarse, porque les aterra la posibilidad de un desmoronamiento interno; sin embargo, se nota su hambre de comunicación, y nada los sumerge ni los exterioriza por completo.

En una escena de marcado simbolismo, Pepe reza frente al agua, de espaldas a la cámara que se aproxima. De pronto vomita y continúa su oración. “De todo lo visible y lo invisible”, dice una vez que las náuseas han cesado. Quizá porque lo invisible es todo aquello que llevamos dentro pero que, por complejo y doloroso, rechazamos.

Aunque ya hemos visto antes películas de familias que salen de vacaciones y terminan enfrentándose a todos sus demonios, Semana Santa en particular resulta un logro por verosímil. Los diálogos, hasta cuando son cómicos, conllevan cierta carga de dolor y realismo, como cuando Dalí cuenta que llegó a su casa un día a las 5:00 a.m., después de una borrachera, a preparar sándwiches para su hijo y, al terminar, descubrió que en realidad había entrado en casa de los vecinos. Sobre las actuaciones, por otro lado, muy rescatables sobre todo la de Tenoch Huerta (ganador del Premio Ariel por Días de Gracia, 2011 ), quien todo el tiempo se nos presenta como un hombre que lucha por contener su angustia y su incertidumbre, y la de Esteban Ávila (Pepe) quien, para tratarse de su primera película, ya muestra una facilidad actoral que, con un poco de suerte, veremos desarrollarse.

A pesar de todos los clichés que pudiéramos encontrar en la cinta (la familia disfuncional, la mala madre, el padrastro que no se lleva bien con el hijo de su pareja, etc.) y de la lentitud de la misma, Semana Santa es una película bien construida, de una absoluta introspección y de sólida narrativa. Una película que logra confrontarnos como espectadores con nuestros fantasmas más profundos y nuestra inevitable sensación de soledad.

Semana Santa, México, 2015. Dirección: Alejandra Márquez Abella. Guión: Alejandra Márquez Abella. Actuación: David Thornton, Tenoch Huerta, Anajosé Aldrete Echeverría, Jimena Cuarón y Esteban Ávila. Duración: 85 min.

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