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Cuentos de Tokio, crítica

CuentosdeTokioCinevive

Por Ernesto Rizo

Una muestra de cine clásico y poesía

El cine es muchas cosas. Desde cualquier boca el cine es definido de cierta manera. Cada manera es diferente. Y cada una es válida. La mía consiste, una de tantas, en ver al cine como un espejo al que podemos mirarnos y que nos arroja el reflejo de la amplia gama de detalles que constituyen la naturaleza humana. Y dicha naturaleza es variable con el tiempo, se transforma, se configura de muchas formas. Pero hay obras cinematográficas que parecen rescatar los aspectos esenciales del ser: aquello que nos hace humanos, siempre humanos. Entonces el cine funciona como un espejo que eterniza la narrativa acerca del hombre. Y acerca de la mujer. El cine es muchas cosas, es sin duda, un espejo místico.

Un espejo es inmóvil: es un ente fijo que capta movimientos. Que capta rostros y situaciones. Que capta incluso sentimientos. La lente de la cámara da origen al espejo que capta todo ello y lo presenta ante nuestros ojos con la atmósfera en la que se sitúa. La cámara de Yasujiro Ozu es fija todo el tiempo. Capta, retiene las esencias de los seres que en ella se enmarcan, personas y objetos, porque sí, pareciese que la cámara de Ozu logra poner de manifiesto el alma de los objetos. Con esa fijeza permanente, el director y el fotógrafo Yuharu Atsuta hacen en Cuentos de Tokio un recorrido poético por la historia de una familia japonesa, y una muestra artística sobre la fragilidad de la vida y sus delicias y sinsabores.

Los padres visitan a sus hijos luego de mucho tiempo de no verlos. Van desde una tierra lejana al Tokio de la posguerra. Una ciudad que se debate entre el modernismo y la tradición rural. Una ciudad en la que sobrevivir no es sencillo, pues la economía capitalista va tomando su forma más severa. Los hijos reciben a los padres con gusto pero con reticencias, pues su estadía conlleva gastos. Todos son adultos y han hecho su vida. Han cambiado y dichos cambios no son del total agrado de los padres, pero es que “los padres nunca están a gusto con los hijos”. Son egoístas, pero con el egoísmo que a todos nos caracteriza por el simple hecho de ser humanos.

Los gestos son de personas adultas que han sufrido, que han gozado la vida, pero sobre todo la han sufrido. Una atmósfera de melancolía es en la que se sitúa este espejo cinematográfico. El blanco y negro acentúa la melancolía, y lo hace la música tenue y deliciosa. Y las tomas de ritmo lento, con la cámara fija y que se sitúa a una altura que nos hace sentirnos dentro de la escena, como si la miráramos situados en la misma habitación en la que se desarrolla. Se privilegian los interiores y se da apertura al dejo poético en las líneas de los diálogos y en el tono y ritmo de la cinta. Poesía pura es Cuentos de Tokio. Y es una muestra de cine clásico.

“Hollywood es romanticismo, no es clásico, Japón lo es”, o algo similar sostiene Mark Cousins en la estupenda The Story of Film: An Odyssey, serie que recorre históricamente el cine desde una visión no occidental. En ella se rescata el cine de este gran maestro. La importancia de Yasujiro Ozu se pone de manifiesto con esta película, pues su estilo, sus formas, su lenguaje cinematográfico, su narrativa apegada a la poesía, su cámara fija y sus atmósferas cargadas de melancolía nos hablan no sólo de un tiempo pasado, sino del tiempo en general. Cuentos de Tokio es una película sobre el paso del tiempo. Y nosotros miramos el tiempo pasar gracias a un ente fijo que es la lente de una cámara que arroja tiras que se cortan y pegan… La película se monta, y luego la obra nace y se mira y percibe bella.

En su belleza, la película nos hace cuestionarnos  como hijos, como padres, como seres que aman, como seres egoístas. Todo mediante acciones contenidas, que se contemplan. El cine clásico se deja contemplar con sutileza, sin dejar de ser punzante. Es profundo. Y la hermosa profundidad que logran las tomas gracias a la simetría y a la geometría que juega con cuadrados, cuadrados y rectángulos todo el tiempo, en interiores, desborda lo reflexivo de la película. Cuando hay exteriores es para mostrar el debate de lo moderno y la tradición, como un proceso que construye y destruye: proceso reflejado mediante el metafórico paso de un tren o con las simbólicas fábricas que arrojan humo.

La película sitúa a personajes entrañables en situaciones que muy probablemente a todos nos toca vivir. Por eso la cinta es de una actualidad innegable y por eso se siente tan fresca. También ese es el motivo para sentirla como una hermosa obra que reconforta. Somos egoístas y hemos sufrido así como hemos amado. Somos humanos.

Cuetos de Tokio es una película hermosa. Clásica y poética; entrañable, recordable. Perdurará. Como perduran las obras de arte más bellas que ha creado la humanidad.

¡Viva el cine!

Tokyo monogatari, Japón, 1953. Director: Yasujiro Ozu. Guión: Kogo Nada y Yasujiro Ozu. Fotografía: Yahura Atsuta. Música: Takanobu Saito. Con: Chishu Ryu, Chieko Higashiyama, So Yamamura, Haruko Sugimura, Setsuko Hara, Kyoko Kagawa, Shiro Osaka. Duración: 136 min.

 

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