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7:19, crítica

7:19Cinevive

Por Ernesto Rizo 

Entre escombros me verás

No habrá final feliz. No puede haberlo cuando los políticos juegan a los dados con la seguridad de muchas personas: con la vida de una población entera. No habrá reconciliación. Quizá después, cuando los políticos de este país y el mundo entiendan que no se debe jugar con la vida de las personas… pero ese momento no sólo se ve lejanísimo, se siente de imposible llegada. Habrá quizás un breve estrechamiento de lazos, cuando seámos puestos en un espacio y tiempo en el que las divisiones absurdas de la sociedad, entendidas como “clases”, valgan un carajo… Habrán, eso sí, muchas oportunidades para el diálogo, para el estrechamiento de manos, más allá del cotidiano que se da entre rutinas en las que conviven auquellos guardianes de los grandes edificios de la ciudad y los licenciados, los jefes.

Jorge Michel Grau ha creado la obra que hacía falta sobre el lamentable terremoto que azotó esta ciudad en 1985. Ha llegado tarde, pero es oportuna, leí por ahí. No me parece tardía y sí, es oportuna con toda legitimidad. Porque además es profética. Nos habla de un hecho pasado pero es profética…

En una mañana cualquiera, un plano secuencia nos introduce en la cotidianeidad de la vida de las personas que trabajan en uno de los muchos edificios que poblaban el México de los ochenta. Un México que ya dejaba entrever las grietas que empezaban a surgir en dichos edificios, en dicho país. La premisa de Grau está dada, no más de seis personajes, no más de dos locaciones: elementos mínimos que componen una película brutal. Oportuna. Que permite aperturar un diálogo que nunca debió (debe y deberá) cerrarse. Y, muy a mi pesar, la siento profética.

La famosa escena del noticiero en el que se comienza a sentir el temblor mientras una conductora torpemente pide calma (aferrándose a minorizar el desastre que se avecinaba, y que arroja una dolorosa metáfora sobre los medios de comunicación de aquel tiempo, y del nuestro), permite llevarnos de una superficie de excelso plano secuencia al fondo de un tiempo y espacio en el que las clases sociales sirven para un carajo, pues lo importante es sobrevivir.

Ahí, atrapados entre los escombros, Héctor Bonilla, que recrea al corserje y portero del edificio y Demián Bichir, que da vida al “licenciado”, al jefe, como lo llaman todos, deben convivir mientras esperan la llegada de los rescatistas. Y no está solos, pues arriba están igualmente atrapados otros personajes de los cuales sólo escuchamos sus voces. Una linterna a la que se le van gastando las pilas sirve para la iluminación de un espacio que en sus contrastes, entre espacios oscurísimos y esa luz amarillenta, construye una plasticidad soberbia.

Las horas transcurren y los personajes dialogan, intentando reconfortarse al principio, y abriendo heridas, después, cuando la desesperanza se hace cada vez más tangible, cuando la muerte se siente más cercana. El encierro es abrumador, pero Jorge Michel Grau permite que, jugando con el tamaño de su pantalla, se llegue a percibir una especie de extensión reconfortante, cuando se abre en máxima amplitud, cuando los personajes entienden que atrapados ahí, son todos humanos de la misma condición, aunque el patético personaje de Bichir se empeñe en que sigue siendo el jefe incluso ahí abajo. Patético y soberbio, llora, por la dolorosa metáfora que encuentra al pensar que un eficio que permitió se construyera con materiales deficientes (México: corrupción) se le viniera encima, con humor negro punzante. Un humor que además se cuela en toda la cinta, un humor oportuno. De la muerte se ríe el mexicano.

Más dolorosa aún se nos presenta la hitoria del personaje de Héctor Bonilla, atrapado ahí desde antes del desastre: atrapado porque odia su trabajo (malos tratos, sueldo paupérrimo, nula seguridad social —se la vive esperando que el licenciado le firme un papel para el seguro—) y lo ama a la vez, porque afuera su familia lo ha abandonado. Atrapado como él, todos los demás, antes, durante y posiblemente después (lanza una apabullante línea en la que menciona que saliendo de ahí el licenciado tendrá el mejor doctor en el mejor hospital, mientras ellos deberán sufrir… seguir sufriendo) del desastre.

Es una película oportuna y todo en ella es oportuno. Un guión excelente. Una fotografía que en sus juegos (luces y sombras), movimientos sutilez que permiten mirar las entrañas de las ruinas y esa extensión de pantalla al inicio, se enmarca como más que destacable. La ausencia de música es la perfecta construcción de un lenguaje cinematográfico propio para lo que se cuenta. Oportuna en toda su construcción, 7:19, podría convertirse en un referente, sí, del lamentable desastre de 1985, pero también de la cinematografía mexicana, como lo es la película que se refleja desvirtuada (otra historia, otro tiempo, otro desastre, otra herida abierta, otra película: misma oportunidad para aperturar un discurso que nunca debe cerrarse —Rojo amanecer, Jorge Fons, 1989—).

No habrá final feliz. Y la película que nos presenta con soberbia cinematografía un hecho pasado, se torna profética, porque el México de los años posteriores al lamentable hecho ha seguido construyéndose con una irreconciliable relación de la población y sus políticos faltos de ética. Un desastre se avecina y todos lo podemos sentir. Cuando el edificio se venga abajo y estemos atrapados en sus ruinas quizás tendremos oportunidad de aperturar un diálogo, entonces sí, tardío (por eso la película es oportuna ahora), entre escombros y el dolor, posiblemente no habrá final feliz.

¡Viva el cine!

7:19, México, 2016. Dirección: Jorge Michel Grau. Guión: Alberto Chimal y Jorge Michel Grau. Reparto: Héctor Bonilla, Demían Bichir, Carmen Beato, Octavio Michel, Azalia Ortiz, Oscar Serrano. Fotografía: Juan Pablo Ramírez. Duración: 96 min.


 

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