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La luz entre los océanos, crítica

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Por Marisol Sagastume

La necedad de querernos conmover a todos

En uno de los primeros momentos de la película, podemos ver al personaje de Michael Fassbender totalmente sumergido en su aislamiento; sus actividades cotidianas se intercalan con brillantes escenas del paisaje solitario. Y la cinta pinta bien, aunque algo no me convence. Decido darle una oportunidad porque todo tiene bastante lógica: la música, la fotografía, la actuación del protagonista, la trama… todo encaja.

Basada en la novela homónima de M. L. Stedman, La luz entre los océanos nos cuenta la historia de Tom, un hombre que ha vuelto de la Primera Guerra Mundial y decide refugiarse en una isla cuidando un faro, quizá porque necesita de ese hermetismo para entender la aguda violencia del mundo, o simplemente porque ya no desea ser parte del mismo. No estará solo por mucho tiempo (y es que uno a veces descubre que es más fácil refugiarse en una caricia y una mirada de afecto, que lidiar con lo inevitable de la soledad). Tom, que ya es un hombre entrado en años, no demasiado dispuesto a la entrega y lleno de miedo, conoce a Isabel (Alicia Vikander), una mujer joven, hermosa, de absoluta vitalidad y de disposición  tajante (¿cómo no enamorarse?). Así que los años de solitaria paz tan anhelados por el protagonista, serán intercambiados por otro tipo de paz: por aquella ofrecida por una caricia tierna y un beso de consuelo. Entonces, la película se carga de ese tipo de ternura que todavía no empalaga porque se entiende como el “racional” idilio de una pareja de recién casados (y recién conocidos, porque les bastaron tres o cuatro cartitas de amor para contraer matrimonio, pero la época y el contexto justifican lo espontáneo del romance).

La luna de miel continúa sin dificultad alguna. Ella se embaraza y las cosas no podrían ser más perfectas para esta pareja de encantadores amantes, hasta que pierden al bebé. Ella se tira un rato a la depresión y,  una vez vuelven al amorío de un primer instante, deciden intentar ser padres de nuevo… pero otra vez fracasan, teniendo que enterrar a su segundo hijo a un lado del primero. Y justo cuando parece que a ella le va a dar un quiebre psicótico, del mar intranquilo llega, casi como un milagro, un bote con el cadáver de un hombre, y una bebé hermosa, de cachetes regordetes y ojos grandes (de esas que ves y hasta te dan ganas de tener hijos). La vida es perfecta de nuevo porque, sí señores, la felicidad es posible (un ratito). La pequeñita de ojos cautivadores ha llegado para ocupar la cuna vacía de anteriores escenas y, aunque los orgullosos padres deberán mantener en secreto la extraña aparición de la niña en sus vidas y fingir que se trata de su hija biológica para conservarla, todo parece ir bien… hasta que Tom descubre que la madre de la nena está viva, que la cree muerta y la extraña (lo sé, esta película es una montaña rusa afectiva). De repente, las cosas devienen en un dilema moral complejo en donde Tom, Isabel y la madre biológica (Rachel Weisz) deberán tomar demasiadas decisiones. Es entonces cuando la película se empieza a volver un fastidio cursi y ya ni la delicada fotografía de Allan Arkapaw (Macbeth, 2015) de tonalidades grises que se intercalan con tranquilas y alentadoras puestas de sol (de la que debo decir que tampoco soy fanática porque, precisamente, me pone melancólica), ni las solemnes  actuaciones de los tres personajes, la rescatan de la deprimente telenovela en la que se ha transformado.

Al final la cinta, con tanto giro y tantos momentos de innecesario dramatismo, se aleja del inicio introspectivo y tierno para convertirse en una especie de Diario de una pasión (2004) en donde ya sabemos que el amor eterno siempre triunfa a pesar de toda la tristeza y todos los obstáculos. Otro brillante y manipulador ejemplo de como el cine es capaz de conmovernos hasta la médula. Se recomienda llevar un buen paquete de pañuelos y una almohada porque, aunque la cinta dura poco más de dos horas, a mí me ha parecido como de tres.

The Ligth Between Oceans, Estados Unidos, 2016. Dirección: Derek Cianfrance. Guión: Derek Cianfrance (adaptación de la novela de M. L. Stedman). Reparto: Michael Fassbender, Alicia Vikander, Rachel Weisz, Florence Clery, Jack Thompson, Thomas Unger. Fotografía: Allan Arkapaw. Duración: 130 min.

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