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Sing Street, crítica

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Por Carlos Meneses

Ecos de juventud y  rebeldía

La historia es simple en esencia y es que la hemos visto una y otra vez: chico conoce a chica, chico se enamora de chica. El chico lleva por nombre Connor (Ferdia Walsh-Peelo), un chico de 15 años, y la chica lleva por nombre Raphina (Lucy Boynton), una chica de 16 años que tiene la intención de huir de su compleja situación familiar y ser una importante modelo. Ambos crecen en el Dublín de los años 80, en medio de una situación económica precaria que presagia en la vida de ambos un futuro poco alentador. Cuando Connor conoce a Raphina, la enigmática chica que todos los días espera en una escalinata frente a su escuela, una pequeña mentira lo lleva a formar una banda para que ella protagonice su primer videoclip, en una experiencia que dará sentido a su vida y forjará su identidad mientras confronta un sistema que lo castiga y confronta por intentar ser diferente.

Continuando con su predilección por cintas que involucran a la música como elemento central de la historia, John Carney (Once 2006, Empezar otra vez 2013) presenta Sing Street, un filme lleno de vitalidad y rebeldía, que nos acerca a la sociedad de Dublín en la década de 1980, mientras nos cuenta la historia de un grupo de inadaptados que encuentran en la música una válvula de escape. En este trabajo, Carney regresa a su natal Dublín para contarnos lo que fácilmente podrían ser memorias de su juventud, entregando una cinta honesta y que procura con enorme esmero la construcción de sus personajes y la relación que entre ellos se teje, para presentarnos una historia pequeña, pero muy bien contada, en lo que resulta su mayor virtud.

Dentro de la cinta destacan las secuencias musicales, con puestas en escena que lucen por su facilidad para integrarse a la narración. Además, el director irlandés plantea un sensacional guiño al pasado, con el bello gesto de integrar en el metraje de la película, pequeños videoclips que rinden homenaje a los inicios de un elemento tan significativo en la cultura pop. Quizá ahora mismo los videoclips nos parezcan algo usual, sin embargo, su aparición representó un paradigma en la industria discográfica, construyendo una narrativa fascinante que continúa vigente  en nuestro tiempo. La cinta rescata dicha importancia, mientras construye dentro de su lógica interna, montajes propios de las características del videoclip, que enriquecen la trama, mientras nos recuerdan la estética visual de aquella época.

Las caras son poco conocidas, lo que resulta en dos agradables sorpresas, la primera de parte de Ferdia Walsh-Peelo, que además de poseer una voz con un color muy atractivo, se desenvuelve excepcionalmente, yendo de la contención emocional a la plenitud, en una transformación de la que somos testigos a cada momento. La segunda sorpresa nos la da Lucy Boynton, joven actriz de ascendencia norteamericana, de rostro magnético e impactante mirada escarlata, que aporta desparpajo y vitalidad en cada una de las escenas en que participa, con una presencia que domina el encuadre.

La cinta es un retrato de la juventud y el movimiento. Plano a plano, Carney nos lleva al lugar sin límites, ese espacio de privilegio propio de la maravillosa edad en que todo parece posible, invitándonos a rememorar con cálida melancolía, los anhelos imposibles y las desmedidas tardes de delirio de nuestra propia adolescencia. Ello nos lleva, necesariamente, a un proceso de confrontación, pues la creación de cualquier identidad, implica un choque. Acá la diferencia es motivo de transformación, pues frente a la forma cuadrada que busca castigar la originalidad, la  rebeldía se presenta más como un mecanismo de defensa frente a la opresión, que como mera actitud extravagante y sin sentido. En medio de la adicción, el desánimo generacional y la violencia imperante de un entorno que se presenta hostil, Connor y sus amigos logran existir en la  diferencia.

No se puede dejar de mencionar la banda sonora, en lo que es quizá uno de los elementos más vistosos de la cinta, con composiciones propias que hacen sonar en sus acordes el espíritu musical de los años 80, junto con temas clásicos de la década, con la presencia de bandas tan emblemáticas como The Cure o Duran Duran. Además, el departamento de vestuario y maquillaje rinden homenaje a la construcción de una identidad musical, a partir de la construcción de personajes como parte de las agrupaciones musicales de la época, mismos que influencian a Connor y los distintos looks que adopta, en clara alusión a Robert Smith o John Taylor.

Además la cinta trata en su subtexto al Dublín de mediados de la década de los 80’s, describiendo la migración como unos de los principales problemas del Reino Unido, así como la precaria situación económica de muchos de los habitantes de Irlanda durante aquellos años. Esto, sumado a la profunda revisión del entorno familiar del protagonista, hace de las inquietudes propias de la juventud, el primer amor, el sentido de libertad o la búsqueda de una identidad, motivos de inspiración que denotan una inquietud respecto al entorno y la falta de oportunidades para los jóvenes ya desde aquellos lejanos años.

Sing Street es una historia de amor inteligente y llena de energía, que apela a la nostalgia y rinde homenaje a la música de una época. Sí, su mensaje es romántico, y algunos incluso podrían tacharlo hasta de empalagoso, sin embargo, eso no la priva de ser una película que sabe incidir en los lugares precisos y remontarnos a los anhelos de nuestra juventud. Vitalidad y movimiento son dos palabras que describen perfectamente a la cinta. Quizás el mundo está dado, y nuestro afán de intentar influir en él, no es más que una necedad, sin embargo, vale la pena insistir. Una y otra vez. Insistir. Después de verla, uno sale del cine de buen humor, preguntándose si acaso es demasiado tarde para ser lo que siempre se ha querido ser.

El cine no te crea ni te destruye, ¡te transforma!

Sing Street, Irlanda, 2016. Dirección: John Carney. Guión: John Carney. Fotografía: Yaron Orbach. Actúan: Ferdia Walsh-Peelo, Lucy Boynton, Jack Reynor, Aidan Gillen, Maria Doyle Kennedy, Don Wycherley y Kelly Thornton. Duración: 105 min.

 

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