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The Wall, una reflexión en torno a

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Por Diego Venegas

Rompiendo las barreras de los posibles 

El caso de la cinta The Wall (1982), es paradigmático. El albúm The Wall (1979), lanzado como el undécimo de estudio de la legendaria banda británica Pink Floyd, y considerado por la crítica musical como «uno de los mejores en la historia del rock», fue desde un principio concebido como una historia que pudiera ser plasmada en imágenes, primero en los conciertos (donde el disco se tocaba completo, construyéndose incluso un muro en el escenario) y finalmente como película. Se trata de un álbum conceptual: una obra que intenta regirse por una sola historia, línea argumental, idea. Mucho se criticó que la voz que imperara en el álbum fuera la de Roger Waters, sobresaliendo el oscuro sombrío y agrio del bajista, dejando como secundarios al resto de los integrantes. A diferencia de los otros discos, The Wall, deja atrás las atmósferas sonoras, la psicodelia, y en cambio avanza en narrativa, en peso dramático. The Wall se apega más a una historia narrativa, que a una historia musical, a la crítica social que a la estética musical, a diferencia de, por ejemplo, The Dark Side of the Moon (1973).

La cinta, dirigida por Alan Parker, es un retrato intimista que sigue en la misma línea del álbum, manteniendo una unidad visual desencantada, decadente y obscura. The Wall, o el muro, representa ya en su nombre una paradoja, enseña (en lugar de ocultar) la intimidad de una estrella de música, Pink (Bob Geldof), un rockstar de los setenta metido en un mundo de adicciones, excesos y soledad. Así puede seguirse la historia de Pink y los sucesos de su vida como la ausencia de su padre, quien murió en la Segunda Guerra Mundial (primer ladrillo), el asma (segundo ladrillo), la represión de su individualidad por parte del sistema educativo (ladrillo, ladrillo), una mamá que le infunde miedo y le sobreprotege y una esposa a quién ama pero se aleja, que van llevando a Pink a crear un muro metafórico alrededor de sí mismo para quedar lejano a todo, para protegerse del mundo miserable y de la vida precaria.

El arte es, por un lado, el escape de Pink del sistema que no comprende, que mandó a su papá a la guerra y a su consecuente muerte, que lo reprime y lo humilla a través de maestros que no comprenden nada de poesía; por el otro lado, el arte también funciona como un muro que lo aísla y lo alieniza del mundo exterior, construido por cada uno de los ladrillos de su vida, como la separación de su pareja. Ahí sentado en una habitación enfrente del  televisor, la película nos revela la existencia de un artista, que lejos de llevar una vida excepcional y extraordinaria, es tan cruda, realista y cercana a las condiciones humanas de una época, marcada por el miedo, la muerte, y los fascismos europeos. Somos testigos de la caída de Pink en ese espiral nihilista hasta imaginarse como un demagogo demente que lo ha perdida todo: el sentido, la identidad, el amor. La reconciliación entre el mundo y el arte, depende de la destrucción de cada uno de esos muros que creamos.

Las secuencias son acompañadas por cortes de animaciones igualmente sórdidas de Gerald Scarfe: una flor que se come a otra, una paloma blanca que se convierte en avión de guerra, y los clásicos martillos que avanzan en fila hacia la destrucción.

La película, que en sí representa un ejercicio no convencional, altamente simbólico, está cargada de referencias a la banda y a las historias personales. No es de sorprender que muchos encuentren similitudes entre Pink y Syd Barret, ex guitarrista de Pink Floyd (crazy diamond), y que sería reemplazado por el excepcional David Gilmour, debido a su problema con drogas y sus trastornos mentales. La fragilidad con la que un hombre pasa de la cordura a la demencia.

Es una experiencia agria, como lo son las voces de Waters, y la actuación de Bob Geldof. No por agria menos estética. Simplemente difícil de digerir, cruda, que retrata las manías de un hombre que “patina por el delgado hielo que representa la vida moderna” y habla a través de su música la soledad, el abandono, la incomprensión que lleva a la alienación, y al vacío por no sentir, por no poder sentir.

The Wall rompió las barreras que se levantaban entre los conciertos y los espectáculos, entre el músico y el espectador, entre el cine y la música. Más que alentar la creación de muros tiende a la desaparición de los límites; más que alienar genera conciencia, conciencia de que los muros nosotros los creamos, y por tanto, de nosotros depende romperlos.

The Wall, Gran Bretaña, 1979. Dirección: Alan Parker. Guión: Roger Waters. Con Bob Geldof en el papel principal. Fotografía: Peter Biziou. Duración: 95 min.

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