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El joven manos de tijera, crítica

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Por Ernesto Rizo

Acerca de cómo aprendí a dejar de rechazarme y amar a Burton 

Ser diferente conlleva dolor. Pensarse diferente conlleva dolor. Vivimos en un mundo que ha mostrado una tendencia creciente, sobre todo los últimos tiempos, hacia la homogeneidad: se pretende que haya un “todos”, una generalidad no en un sentido político filosófico, sino meramente utilitario, para fines de practicidad social o de mercado. Así, es más fácil generar productos para el consumo de una masa homogénea (para el gusto de todos) y, por supuesto, gobernar a dicha generalidad cuyas inclinaciones son (o se quiere que sean) las mismas. Pero generalizar no es del todo posible. Somos iguales, porque somos humanos, pero precisamente por eso, somos diferentes. En un mundo tendiente a la homogeneidad, la diferencia se castiga.

Comento ahora una de las más fascinantes cintas sobre la diferencia, sobre el ser extraordinario, del magnífico Tim Burton: El joven manos de tijera.

Sin duda, Tim Burton es uno de los directores más valorados de la cinematografía mundial gracias a las historias de personajes extravagantes en mundos de contrastes, casi siempre inclinados hacia los tonos oscuros, que deben desenvolverse en sociedades que paradójicamente, en principio, se maravillan por sus cualidades extraordinarias y, posteriormente, en el desarrollo de las circunstancias (que no hacen más que acentuar tales cualidades, llevándolas a un punto de extravagante anormalidad), los rechaza, los relega a un plano oscuro, de soledad. Pero es que es casi seguro que dichos personajes se encuentran mejor solos, absortos en sus extraordinarios mundos mentales.

El joven manos de tijera es una revesión de la novela de Mary Shelley, Frankenstein o el moderno prometeo de 1818. Una reversión varios años después de la primera que hiciera el propio director con un cuento-cortometraje sobre un perro no-natural, Frankenweenie de 1984. En ambas obras, tomando como referencia el clásico de la literatura, el director nos presenta a un ser creado por una especie de científico inventor loco. Pero el de esta cinta lo coloca en un mundo de humanos que, sin embargo, se muestran menos humanos que el joven de dedos punzocortantes.

La sociedad que dibuja Burton en esta película es de una plasticidad que invoca la faceta más superflua de la sociedad norteamericana y, por lo tanto, de la contemporánea. Una decantada en la materialidad, en las convenciones que se dejan percibir arcaicas pues se sujetan a la costumbre. Una costumbre mediante la cual se desea mantener el status quo. Personajes que en realidad parecen muñecos puestos en una maqueta funcional.

Todos los sujetos, excepto el desadaptado Edward (Johnny Depp), tienen ambiciones en el pequeño pueblo de la también fábula de Burton, sus ambiciones son poseer, poseer al joven y sus cualidades extraordinarias: hacerlo formar parte de un sistema de mercado, mostrarlo como mercancía, “cosificarlo”, si se desea usar el término. Pero él resiste dicho proceso porque además es un artista, es un modificador de cosas, un creador: hace que los árboles que tienen una forma homogénea se vean diferentes, los convierte en seres casi animados; hace que la extravagancia de los peinados se torne bella; ¡crea esculturas  de hielo!

Hay un choque de dos mundos entre el pueblo y su gente y el joven extraño.El director pone de manifiesto el contraste con los colores: sombríos en los que habita Edward; claros y saturados los que bañan al pueblo y a su gente. Y hace además que dicho lugar parezca una maqueta de apariencias en la que sus habitantes siguen rutinas. Y logra un alter ego de sí mismo con un personaje que bien puede ser cualquier adolescente que ingresa en sociedad y al cual se le exige apego a la generalidad. Pero el mundo de Edward, ese castillo en la montaña con aspecto terrorífico, advierte que no se le puede encasillar… Es un ser extraordinario.

Hay en El joven manos de tijera un precioso cuento de Navidad que plantea una mitología de la creación de la nieve. De la creación en general. ¿Será que sólo los seres extraordinarios pueden crear? Un Doctor Frankenstein, un joven con manos de tijeras, un Tim Burton… El misticismo de la fábula es acompañado con una música envolvente en su hipnotismo de cuasi villancico permanente.

Hay en la cinta una oda al amor. Al amor por la diferencia y por lo extraordinario de dos seres que se aman a pesar de ser de mundos distintos. Winona Ryder interpreta a una princesa bella y generosa. Una musa precisa para el joven artista.

Hay, además, en la película un discurso poderoso sobre la violencia contenida en la apariencia de la supuesta sociedad ordenada, que cae en el terror cuando cosas extraordinarias comienzan a pasar, detonadas por aquellos a los que se les nombra “locos”, “raros”… y castiga. La cinta deja que la sangre se derrame, permite que el discurso se potencialice.

Y sobre todo, hay en este extraordinario filme de una mente genial como la de Burton, un importante “mensaje” para todos aquellos que se acercan: aceptación. Somos lo que somos, no lo que pretendemos ser, o aparentamos ser, ni más ni menos. El mensaje dicta: despreocuparse, ser uno mismo y permitir que el terror pase… al final, con un poco de amor, danzar con el viento bajo la nieve.

¡Viva el cine!

Edward Scissorshands, EUA, 199o. Dirección: Tim Burton. Guión: Tim Burton y Caroline Thompson. Reparto: Johnny Depp, Winona Ryder, Dianne Wiest, Anthony Michael Hall, Kathy Baker. Fotografía: Stefan Czapsky. Duración: 95 min.

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