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Black Mirror (Episodio 4), comentario

Por Ernesto Rizo

Sobre cómo sobrevivir a la muerte del amor de tu vida 

BLACK MIRROR 4

Seguramente, apreciable lector, has sufrido por amor. Seguramente has amado a una persona pensando que sin ella la vida no tendría sentido. Te ha sucedido, te sucede o te sucederá. Y es que tener al amor de tu vida, conlleva la idea contraria de no tenerlo, conlleva pensar en su falta, en la pérdida de tan sublime estado idílico. Pensar la pérdida es duro, y sufrirla… demoledor, sobre todo cuando dicha pérdida es ocasionada por la irremediable muerte: ante ella no hay esperanza alguna de regresar con el ser amado… nunca más.

¿Nunca más?

El cuarto episodio de la serie creada por Charlie Brooker, intitulado Be Right Back, nos presenta la posibilidad de que, en un futuro mediano, exista la tecnología en software y hardware para hacer que una persona fallecida pueda interactuar con las personas del mundo aún después de la muerte, ¿cómo?, a través del desarrollo de los elementos de la personalidad guardados en la memoria virtual almacenada en aparatos, redes sociales, aplicaciones y todo lo que yace en la Internet. La cuestión comienza siendo una “simple” aplicación que interactúa con el usuario y se desarrolla, llegando al extremo de crear un dispositivo robótico cuasi humano que habla, se mueve, actúa como un ser humano normal.

Es un episodio que destaca por la tremenda imaginación de sus autores, que nos llevan a considerar realmente posible que el mundo llegue a un extremo de contravención a la mortalidad. Es la inmortalidad, más que el amor, el gran tema de este capítulo: aquella idea que el ser humano ha buscado contravenir a lo largo de toda la historia.

El desarrollo del capítulo, sin embargo, nos lleva a cuestionarnos en el terreno moral qué tan viable es que la tecnología sustituya a los seres humanos, que en escencia no somos ni nunca seremos maquinarias o virtualidad, aunque el mundo se dirige desbocadamente hacia allá.

El capítulo está cargado de un sentido melancólico que conmueve como ningún otro de la serie:su ritmo, sus tonos, la música e incluso la fotografía nos remiten a, por ejemplo, Her (Spike Jonze, 2013), pero que se inclina a un sentido más frío, menos romántico, por lo mismo, más duro. Black Mirror no tiene concesiones.

Es un impresionante capítulo para pensar la falta y la obsesiva actitud del ser humano por llenarla, y que, como es común en esta serie, arroja una conclusión feroz: hay faltas que no pueden cubrirse.

Black Mirror puede verse en Netflix.

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