Cinevive Crítica Diego Venegas En corto

Destino, comentario

DestinoCinevive

Por Diego Venegas

El día en que Salvador Dalí conoció a Walt Disney

Hubo una vez, en 1945, en un viaje a Estados Unidos, que Salvador Dalí conoció a otro genio, Walt Disney, dos hombres adelantados a sus tiempos que hablaron en medio del consumo de absenta, de una colaboración juntos. Ambos se admiraban, Dalí por los trabajos de animación, y Walt por sus pinturas, y ese día decidieron unir sus visiones particulares para trabajar en una cinta animada llamada Destino. El pintor español, y un animador de Disney, John Hench, desarrollaron bocetos y rodaron quince segundos de prueba de una historia fantástica acerca de cómo vencer el tiempo. Para Dalí, como para otros artistas como Marcel Proust, (quién le dedicó su gran obra en su búsqueda) el tiempo era una verdadera obsesión, al grado que muchas de sus pinturas representaban sus miedos al envejecimiento, la flacidez, la victoria de la gravedad sobre las cosas.

Las diferencias entre Walt Disney y Salvador Dalí surgieron, al grado que para definir la obra el primero la llamó “una simple historia de amor entre un chico y una chica”, y el segundo, como una exposición mágica de vida en el laberinto del tiempo. El cortometraje no pudo desarrollarse en ese momento, y el proyecto parecía que quedaría en el olvido, como un sueño más en la cabeza del excéntrico pintor.

Sin embargo, el destino, volvió a dar una oportunidad a la obra. Fueron casi 60 años después, cuando ambos artistas ya habían muerto, que se completaría Destino (2003), después de que el sobrino de Walt, Roger Disney, y el productor Baker Bloodworth decidieran retomar el proyecto y rescatar los bocetos e indicaciones que dejó Dalí. El resultado final es una obra apabullante. Con tal solo seis minutos y treinta y un segundos, Destino tiene la fuerza de dejar a quienes lo miran llenos de admiración y asombro.

Irónicamente, Destino, no sólo aborda el tiempo, lo expande: la obra sobrevivió al paso del tiempo y al olvido. ¿Qué sobrevive al tiempo? ¿Cómo se sobrevive o se escapa? Nadie lo sabe, pero en la obra se intuye. Una forma sensual, danzante, femenina, baila y camina a través de los museos de esculturas, (alguna vez templos) recordando objetos, y a su amante que alguna vez pensó poseer, pero que, como todo, pereció, envejeció, cambió de forma. La anónima figura busca el amor, a ese ser ideal que no es de este mundo ni de este tiempo. Movida por la hermosa voz de Dora Luz, que interpreta la canción extraordinaria del mexicano Armando Domínguez, a perseguir un camino cambiante en busca de su amante. Hasta que ese amante, ¿Cronos?, preso en una pirámide con un reloj inmóvil, despierta, y busca la forma de abrazar a esa amada lejana. Por más obstáculos que se interpongan entre los dos, por más laberintos que los separen, su destino es buscarse hasta el encuentro, una y otra vez para siempre, cada quien siendo una distinta forma, molde y objeto.

Cargado de simbolismos, Destino es un deleite visual, una pieza que cambia de significado y contenido cada vez que se observa. El amor, es, junto con el tiempo, el tema central de Destino, que para muchos de los artistas no es otra cosa que la única forma de trascender el paso del tiempo, incluso a través de la muerte. El Destino al final siempre llega.

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