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Matilda, recordando a 

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Por Marisol Sagastume 

Imposible hablar de Matilda (1996) sin sentirme nostálgica; sin pensar en mis primeros años sobre este mundo loco y en el deseo infantil de ser la mitad de poderosa que aquella niña incomprendida. Resulta curioso que ahora que intento escribir al respecto, yo misma vuelva a sentirme una niña sin demasiado para decir. Dejaré que Matilda solo se me presente en imágenes y voces. El pastel de chocolate gigante que a mí (eterna aficionada a la comida) se me seguía antojando aún después de finalizada la nauseabunda escena; Matilda (Mara Wilson) preparando hot cakes con tan solo señalar los ingredientes, entablando toda una coreografía en la cocina; la exquisita caja de chocolates del padre de la Señorita Miel. Y, en nuestro contexto, ¿cómo olvidar el doblaje? La voz de Humberto Vélez encajada a la perfección con un antipático Danny DeVito que vocifera “yo soy listo y tú eres tonta, yo soy grande y tú eres pequeña”.

Imposible, ahora, hablar de Matilda sin pensar también en su creador: el fantástico Roald Dahl (1916-1990), escritor británico obsesionado con personajes infantiles provenientes de familias disfuncionales; niños complejos y bondadosos, siempre especiales, siempre distintos. Pienso en Matilda, y también pienso en el protagonista de Las brujas, un niño huérfano y solitario cuya única compañía son su abuela y un ratón; o el de Jim y el durazno gigante, también huérfano y sometido a los abusos de dos tías asquerosas por fuera y por dentro. Matilda no  es la excepción. Huérfana en cierto sentido, pues tiene madre, padre y un hermano, pero ni uno solo de ellos la ama; ni uno se identifica con ella ni se siente orgulloso de tenerla en su vida (no es lo mismo tener un hijo que ser madre o padre, después de todo).

Pues Matilda es eso, la historia de una niña de padres horrendos, que si bien son por completo caricaturescos, hacen una clara referencia a la cultura de lo práctico y lo éfimero; del envase que pesa más que el contenido. El padre, un vendedor de autos en mal estado; un estafador dispuesto a todo con tal de comprar un nuevo televisor para que su familia pueda ver los programas de concursos a la hora de la cena pre-fabricada. La madre, una mujer de lo más kitsch y desagradable; la mujer moderna que pasa la mañana en algún club, y la tarde pegada al televisor con el cabello entubado (noventas, noventas, noventas).

Matilda es la oveja negra de esta muy norteamericana familia, una niña demasiado independiente desde sus primeros años de vida, con una sed de explorar el mundo y con unas ganas de cuestionarlo todo. Eso, por supuesto, sin mencionar que puede mover objetos con la mente, pero es que eso es un plus, la verdadera magia de esta pequeña no es la telequinesis, Matilda es genial más bien por subversiva, por cuestionarlo todo y por no temer al sistema. Matilda ha sido bendecida con el don del pensamiento crítico, así que una vez enviada a la escuela, no es para ella un problema lidiar con la directora Tronchatoro (Pam Ferris), viva encarnación de un sistema educativo obsoleto y nefasto que apuesta porque un adulto infinitamente sabio transmita a un niño tonto un conocimiento absoluto a través del maltrato físico y psicológico. A esta rigurosa mujer, se contraponen la bondad y el progresismo de la Señorita Miel (Embeth Davidtz), una maestra joven que nos demuestra que la familia ni tiene que ser aquella en la que se ha nacido, ni tiene que estar conformada por un padre, una madre y los hijos de ambos.

Matilda, a lo largo de veinte años de verla hasta el cansancio, me ha enseñado a no creer en verdades impuestas por adultos tercos y a ir siempre en contra de la corriente; Matilda no solo ha sido para mí una película entrañable y divertida a más no poder, sino una forma más de criticar y buscar entender el mundo caótico en el que fui arrojada. Libro y película son de esas joyas imprescindibles capaces de marcar profundamente a pesar de su fácil lectura. De esas joyas que no solo fueron válidas en los noventas, sino que con el paso del tiempo se tornan más ricas y más necesarias.

Matilda, Estados Unidos, 1996. Dirección: Danny DeVito. Guión: Nicholas Kazan y Robin Swikord. Adaptación del cuento homónimo de Roald Dahl. Reparto: Mara Wilson, Danny DeVito, Rhea Perlman, Embeth Davidtz y Pam Ferris. Fotografía: Stefan Czapsky. Duración: 98 min.

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