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El resplandor, crítica


Por Diego Vive

La maldita soledad de la habitación 237

Algo tienen los hoteles que nos aíslan, que nos confinan, que sirven como fortalezas privadas, como recintos de soledad (un trinomio bipolar: aislamiento, confinamiento, soledad). Lugares transitorios en donde los seres buscan la comodidad disfrazada de paz: la tina, el chocolate en la almohada, el televisor con más de trescientos canales y programación pornográfica, el aire acondicionado, balcones para contemplar el mar, la naturaleza y las montañas, son elementos  que buscan que el huésped tenga una estancia agradable, llena de amenidades, y que, al final de su experiencia, salga ligero, como un Sísifo rejuvenecido, listo para volver a subir su roca.

Son, en fin, lugares donde desprenderse del trabajo, las responsabilidades y el tedio, y donde poder encontrarse a sí mismo (mirar hacia dentro), se vuelve una necesidad. Sin embargo, como escribiría Nietzsche: si miras dentro del abismo, el abismo te mirará también a ti. La soledad (tema recurrente en novelas, y tratados filosóficos) es tan inestable, que por un lado puede traer paz, y renovación espiritual, y, por el otro, puede generar hasta la más atroz de las locuras, porque la soledad nos confronta con nuestro abismo interno, con todos esos espectros y traumas que llevamos dentro.

El Resplandor, (1980) obra de culto de terror psicológico, aborda la soledad de manera magistral. No podría ser de otra forma, para un director como Stanley Kubrick que dejó todo en cada una de sus películas, pasando desde la ciencia ficción, el thriller político, la comedia negra, el erotismo, y el terror. Para El Resplandor (The Shining en inglés) toma como base la novela homónima de 1977 de como Stephen King (notar el juego de iniciales, S.K.).

Jack Torrance, (Jack Nicholson) insomne escritor frustrado y alcohólico toma un trabajo de mantenimiento en el hotel Overlook durante el invierno, cuando las nevadas aíslan al hotel del resto del mundo. Jack ve en ese tiempo de confinamiento la oportunidad para encontrar la inspiración para una novela. Al hotel (construido sobre un cementerio indio) no llega solo, ya que lo acompaña su familia: su esposa Wendy (Shelley Duvall) y su hijo Danny (Danny Lloyd) quien además de hablar con un ser imaginario, posee un “don” extraño, el “resplandor”, que no es más que una intuición muy desarrollada que le permite vislumbrar imágenes del pasado (elevadores con sangre, las dos hermanas asesinadas). La cámara sigue a los tres integrantes por el hotel como un espectro, acompañada de una música densa que genera tensión en el espectador.

El hotel Overlook desempeña un papel muy importante dentro de la cinta, ya que es en las salas amplias e iluminadas con candelabros, en los pasillos largos con alfombras de mosaicos de colores, donde ocurre la acción que rompe con la simetría. Overlook oculta algo más allá de su apariencia elegante y pulcra, de su superficie. Es un organismo vivo aislado del mundo y con memoria propia, que le enseña a los huéspedes imágenes de su pasado: ahí un antiguo vigilante enloqueció y asesinó a su propia familia, antes de suicidarse. ¿Es el hotel el que ejerce la maldad sobre los huéspedes, o son los huéspedes los que ejercen la maldad sobre el hotel?

El resplandor de Danny le avisa lo que ha acontecido y lo que podría volver a acontecer: analogía de la historia del ser humano que parece que siempre amenaza con repetirse a menos que entendamos los signos y las imágenes del pasado. Sin embargo, Jack, quien también conoce la historia del hotel, parece más obsesionado en salir del anonimato, de la invisibilidad con su novela, que de advertir las señales. La música, las apariciones, y la terrible habitación 237 son elementos que nos dirigen hacía lo inminente, que nos hacen acelerar las pulsaciones, como si ya supiéramos lo que va a ocurrir, pero en el fondo quisiéramos evitarlo.

Los espejos juegan un papel simbólico: es a través del reflejo, de ese mirarse a sí mismos, terapia psicoanalítica, que encontramos lo que hay más allá de la superficie, de la punta del iceberg, que es el subconsciente con todos esos deseos perversos y miedos terribles.

Stanley Kubrick, perfeccionista como solo él, hace una película impecable. Una cinta de terror que se ha vuelto un clásico y es referencia obligada del cine de terror, y de la cultura pop. Porque al final el cine de terror, no es más que la representación de todo aquellos temores y deseos que están guardados en nuestro subconsciente, y que se revelan en ese instante de soledad en que nos miramos a nosotros mismos.

The Shining, E.U.A., 1980. Dirección: Stanley Kubrick. Guion: Stanley Kubrick, Diane Johnson. Música: Wendy Carlos, Rachel Elkind. Fotografía: John Alcott. Elenco: Jack Nicholson, Shelley Duvall, Danny Lloyd y Scatman Crothers. Duración: 146 min.

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