Cinevive Colaboran Crítica Juan Manuel Arraiga

Déjame entrar, crítica

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Por Juan Manuel Arriaga 

¡Qué peligroso es un vampiro enamorado! 

Las leyendas de vampiros se han vuelto tan populares que sus fuentes literarias y fílmicas se ven en la obligación de permanecer rentables; por ello, sus autores intentan granjear, para la construcción de sus personajes, cada vez más atributos que el público que los consume encuentre atractivos. No hay, por ende, una historia “oficial” sobre los chupasangre ni un parámetro limitado para sus cualidades; sin embargo, podemos afirmar que los vampiros no han perdido su esencia tenebrosa y funesta cada vez que aparecen en pantalla, incluso en las parodias de buena calidad.

Ésta, no obstante, no es una leyenda de vampiros, ni siquiera una película que pretenda aportar algo nuevo (alguna habilidad o poder) al mundo de esos seres sobrenaturales, sino que se trata de una cinta cuyo objetivo es conmover al público sin dejar de contar una historia de terror y sin hacer del romance un elemento frívolo de su narrativa. De hecho, el argumento centrado en la cuestión amorosa está tan bien logrado y resulta tan humano, que las lecturas a la película se multiplican en opiniones que van desde lo metafórico hasta lo emocional. ¡Es una película exquisita!

¿Quién es, entonces, la niña solitaria que llega un día con su padre a un sombrío poblado sueco, ante la vista de un impávido niño que en el transcurso de la trama se nos hace saber que sufre de bullying, pero que posee una inteligencia muy aguda? Pues bien, ni ella es una niña ni el adulto a su cargo es su padre; un oscuro secreto es el que inunda el escenario y se entromete en el espectador, quien muchas veces se funde con el personaje del pequeño Oskar (Kåre Hedebrant), ese tímido niño al que todo el mundo parece voltearle la espalda en señal de rechazo debido a su carácter taciturno. Es Eli (Lina Leanderson), la criatura de la noche, la única que ve a éste en toda su compleja gracia intelectual y simpatía para terminar por sentir un afecto insólito para su condición transhumana.

Pero Eli no puede vivir sin sangre, sin su eterna maldición de asesinar para vivir, lo cual, por un curioso vínculo afectivo (inducido mediante insinuaciones), ha orillado a su compañero de viaje a adquirir la deuda moral de cometer crímenes para alimentarla. Y es así que todos a su alrededor terminan, tarde o temprano, por sufrir las horrendas consecuencias de tener a un vampiro por vecino. Un vampiro es peligroso cuando se enamora o causa un enamoramiento.

Como dije al inicio, ésta es una película conmovedora en el sentido técnico de la palabra (en retórica, un discurso está planeado para convencer y mover ánimos: conmover); y es que, lejos del género en que se inserta su narrativa, la intención de este filme sueco es contar una historia sublime, artística, provista de interrogativas éticas y propuestas de solución a valores de excepción. Todo elemento narrativo, por ende, encaja perfectamente en este microuniverso que, bajo un cielo escandinavo lúgubre y helado, desborda emoción, intriga y terror.

La posición de la cámara juega un papel crucial en la cinta: somos observadores implícitos (o tácitos, según la terminología tradicional), cuando somos testigos, tras la sombra de unos pinos, del primer asesinato que se nos presenta en pantalla; cuando Oskar nos hace partícipes de la sobrenaturalidad de una Eli descubierta en su intimidad, o cuando vislumbramos la desesperación en el rostro de una víctima de bullying al momento en que sus verdugos están siendo castigados por su protectora dentro de una piscina. La cámara nos convierte en Oskar, en Eli, en el espectador que ve lo que no debe ver, en el paseante inoportuno, en el profesor que acaba de sorprender una indisciplina, en el alumno que se sobresalta frente a un cadáver congelado, en el testigo temeroso y en el juez del conflicto amoroso de los protagonistas. En esta película el terror entra por la cámara, es decir, por los ojos del espectador, y éste se involucra en la tétrica ficción; se atemoriza.

Más aún, la autocensura de acciones grotescas (norma aristotélica que el director, Tomas Alfredson, sigue de forma brillante) logra que esta elegante pieza dramática no caiga en el visionado tosco del terror de sustos con sus clichés cada vez más predecibles. No por nada, la escena cumbre de la trama, la venganza de Eli en la piscina, es un clímax que, si bien se resuelve por medio de un deus ex machina, no le resta mérito al sutil desenlace y a la hora y media en que el argumento consolida sus premisas.

Por último, es opinión de un servidor que el status de clásico con que suele designarse a esta película le adviene, más que de su aspecto interno, de haber sabido construir un mundo terrorífico y visualmente atractivo en una industria plagada de cintas de terror francamente en decadencia.

El remake que a la sazón se filmó dos años después en Norteamérica siguió este mismo principio para obtener su respectivo triunfo narrativo.

El cine es tiempo y de tiempo está hecha la vida.

Låt den rätte komma in, Suecia, 2008. Dirección: Tomas Alfredson. Reparto: Lina Leanderson, Kåre Hedebrant, Pere Ragnar, Ika Nord, Mikael Rahm. Guión: John Ajvide Lindqvist. Fotografía: Hoyte van Hoytema. Basada en la novela homónima de John A. Lindqvist. Duración: 114 min.

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