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Macario, reseña

MacarioCinevive

Por Fernán Otero

(Advertencia: se narran detalles de la trama completa de la película)

Bendita muerte que nos acompañas, de noche, de día, no nos desamparas ni en la agonía. Nudos en la garganta. Unos chamacos, y un plato casi vacío de frijoles sobre la mesa. Canija hambre: nos sigues como la sombra impuesta por el sol. Dos tercios de leña sobre la espalda de Macario (Ignacio López Tarso), velas y muertos. “Pasamos mucho más tiempo muertos, que vivos. ¡Total! en esta vida, todos nacemos para morirnos…” Le dice el cerero a Macario, quien sale y recorre las calles adornadas de papel picado, de esqueletos de cartón, de puestos llenos de calaveras hechas con azúcar y piloncillo; camina pensando en la muerte: un instante frío le cubre el cuerpo.

Un guajolote condenado al horno juega con Macario, su esposa (Pina Pellicer), le habla, le pide que coma. El ansia lo tortura, aquella que lo ha perseguido desde que era un niño, y ahora, a su esposa e hijos: el hambre. Una granizada cae sobre sus pensamientos, la abnegación le moja los hombros, pero también la ingratitud le seduce.

Un cloqueo se escucha, y el hurto se hace presente. La muerte llegó para el plumífero secuestrado. Se busca donde esconder el pecado; los zopilotes rondan, el perro olfatea el cadáver, los niños juegan y, bajo la cama, termina el guajolote.

Es ahí, en esa escena, donde Macario sale de su casa y su esposa lo sigue. Ella, con el morral de yute en las manos, sostiene la culpa. (Un nudo en el cogote me atropella, me saboreo junto a Ignacio López Tarso, el recién desplumado y cocido animal). Corre deseoso de deleitarse con aquella tremenda ave, se interna en el bosque y tres entidades, una por una, lo encaran, para que les convide un pedazo: “El chamuco” (José Gálvez) se hace presente vestido de jinete, con espuelas de plata y botones de oro; listo para el trueque, se opone rotundamente a compartir su merienda; “Papá Dios” (José Luis Jiménez) aparece pidiendo un mísero bocado y una vez más, Macario se niega, le entra el egoísmo para que después venga el arrepentimiento, resignado voltea y el de arriba ya no está, feliz, busca un lugar para, por fin, comer; por último y, como en todo momento del hombre, llega “La huesuda” (Enrique Lucero), solicitando un pedazo, no hay más remedio que compartir el guajolote pues la muerte no espera. Juntos comieron, platicaron, y rieron. Agradecida “La huesuda” de la compañía, le comparte a Macario el agua milagrosa. Incrédulo Macario de la generosidad de su ahora amiga, dos simples reglas; a los pies del enfermo, vivirá, si está a la cabecera, morirá.

La prueba de fuego no se hace esperar, su hijo es el primero en ser sanado por el agua milagrosa. Los rumores corren como el río y llegan a los oídos de Don Ramiro (Mario Alberto), su esposa también es curada. Nada perezoso y sí, ambicioso, el adinerado del pueblo, busca sacar provecho de los dones de Macario.

De leñador a curandero, la suerte ha cambiado, para él y su familia, hasta un corrido bien cantado.  Pero toda buena racha termina, la Santa y bien intencionada Inquisición, desea saber y aprender del porqué de sus dones. Este amable y bien intencionado curandero, es apresado y juzgado por el Tribunal del Santo Oficio. Una prueba para desmentir su charlatanería, ironías de la muerte, el verdugo muerto, tal vez por el miedo que le cobijaba en escalofríos.

Su esposa llega asustada y cubierta con el reboso de la tristeza, al ver a su esposo cabizbajo, pero una oportunidad, como mandada por “Papa Dios”: el hijo del Virrey está muy enfermo, y si lo salva, quedará absuelto de herejía y hechicería: el perdón, si no, la hoguera.

Frente a aquella cama Macario espera la aparición de su amigo, otra ironía de la muerte: aquel hijo del Virrey debe morir. La desesperanza llega como aquel granizo, le golpea la cara, siente traición y deshonra ante aquel guajolote. Golpes en la puerta, una ventana, la única salida, para evitar la hoguera. En la huida “El chamuco” hace su última oferta, “Papa Dios” le pone una nube de acciones que debe soplar, pero huye, y en su camino otra vez la “Huesuda”.

Una imagen portentosa, tan simple y profunda, llena de negros y grises, fotografías talladas, ideadas por Gabriel Figueroa, que hasta en los sueños se hace visible. Venerable analogía, la vida, una simple llama que en cualquier momento se apaga. “Macario… Macario…Macario…” Cae al sueño profundo, un guajolote a medias, su esposa a un lado.

Ese coqueteo con la muerte es una pequeña forma de burlar la incertidumbre, el ensueño eterno, el viaje al más allá. ¿Se lo habrá preguntado alguna vez Bruno Traven, Emilio Carballido o Roberto Gavaldón?

Macario, México, 1960. Dirección: Roberto Galvadón. Guión: Bruno Traven, Emilio Carballido y Roberto Galvadón. Reparto: Ignacio López Tarso, Pina Pellicer, Enrique Lucero… Fotografía: Gabriel Figueroa. Duración: 91 min.

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