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La calle de la amargura, crítica

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El que no tranza, no avanza

Por Carlos Meneses

Asomarse a las calles de nuestro país, es mirar a través de un caleidoscopio, donde confluye la existencia de los que presumen altos vuelos y los que sobreviven arrastrando la vida como un pesado lastre. Cada hombre, mujer, niño o anciano tiene algo de esta ciudad, un gen que lo domina y echa raíz en su esencia, mismo que se escapa, a veces inconsciente, a veces premeditado; lo que sí, inevitable. Caminar la calle del día a día, deja maña, cicatrices y memoria, lo que, en su conjunto, forma desde la más inocente esencia, hasta la más pueril. Las calles inculcan y de sus enseñanzas, nadie se escapa.

Dos prostitutas de mediana edad, Dora (Nora Velázquez) y Adela (Patricia Reyes Spíndola), regresan frustradas a casa, luego de ver como los mejores años de su vida han terminado. Persistentes, valoran su oficio y desean seguir ejerciéndolo, sin embargo, las circunstancias las sitúan en una terrible desventaja frente a sus colegas más jóvenes. Dora, tiene problemas con una hija adolescente y un marido travestido. Adela, debe lidiar con la soledad y el deplorable estado de salud de su madre, con quien sostiene una relación amor-odio. Una noche como cualquier otra, dos luchadores enanos contratan sus servicios, sin saber que Dora y Adela, tienen algo planeado para ellos. Su mala fortuna está por comenzar, en una ciudad donde la fatalidad lo cubre todo.

En La calle de la amargura, el discurso de la mexicanidad se construye a partir de personajes ampliamente reconocibles dentro del estereotipo de la cultura mexicana, factor significativo para desarrollar el accionar de todos los que incurren dentro de la historia. El hombre mantenido y borracho, el esposo golpeador, la madre sobreprotectora, la hija abusiva, y un sinfín de gestos alusivos a ideas fuertemente arraigadas, se exponen aquí en la más amplia variedad de gestos. La consecuencia de esta representación se concreta, pues el propósito final de esta caracterización, es complejizar la idea de personajes citadinos que, usualmente, están encasillados dentro de un prejuicio, lo que se consigue de una forma ciertamente atractiva.

Toda esta representación, cruza dos grandes temas del barrio bajo de nuestro país: la prostitución y la lucha libre. En suma, encontramos personajes que, a partir del estereotipo, se desarrollan con una variedad de matices que enriquecen su personalidad, volviéndolos a veces hilarantes, en ocasiones detestables y a veces sumamente reflexivos, lo que permite una disertación antropológica de los rasgos que definen, afortunada o desafortunadamente, la idea del mexicano modelo.

Uno de los aspectos más bellos de la cinta se encuentra en la magnífica cualidad expresiva de su fotografía, misma que desarrolla el espacio y lo describe, a través de movimientos de cámara extraordinariamente realizados. Presenciamos desde una perspectiva de una vitalidad increíble, para concretar, a partir de un elemento fetiche de Ripstein, el plano secuencia; la conjunción idónea entre acción y descripción en el marco de un escenario lleno de carencias. Sumado a lo anterior, embellece también el manejo de un muy bien contrastado blanco y negro, mismo que aporta la sensación de opresión y desesperanza, en lo que parece una noche eterna.

Construida a partir de una serie de viñetas, el guion de Garciadiego y la maestría en la dirección de Ripstein, desarrollan un poderoso drama, que perfila personajes ricos y muy bien interpretados, lo que nos permite acompañar su sentir a lo largo de su miserable rutina a través de los laberínticos barrios bajos de una ciudad violenta y despiadada, en la que sobrevivir cuesta muy caro. En suma, acompañamos la fábula de un entorno crudo, donde la ausencia casi absoluta de música, acentúa la representación cruda de una historia directa, en la que economía de sus elementos, permite que la cinta avance realista y sin complejos.

La calle de la amargura, construye un paraje desalentador, donde personajes marginados, expuestos a modos de vida que son moralmente cuestionables, generan empatía, pues se perciben más como víctimas del entorno, que de sus propios errores. Finalmente, tragedia y fatalidad tienen el encanto de ser inexpugnables, pues todo confabula rumbo al devenir de la historia. Personajes decrépitos, sumidos en la pobreza, enojados e inconformes, violentos como respuesta, más que como elección. Las arterias  citadinas son  rabiosas, e inculcan la cultura del  individualismo, desterrando a la amistad o el amor como algo que florece esporádicamente. La frase trasciende el dicho para convertirse en estilo de vida, pues aquí, el que no transa, no avanza.

El cine no te crea ni te destruye, ¡te transforma!

La calle de la amargura, México, 2015. Dirección: Arturo Ripstein. Guión: Paz Alicia Garciadiego. Fotografía: Alejandro Cantú. Actúan: Patricia Reyes Spíndola, Nora Velázquez, Silvia Pasquel, Arcelia Ramírez,Alejandro Suárez, Emoé de la Parra, Greta Cervantes, Alberto Estrella, Eligio Meléndez. Ganadora de las categorías mejor director y mejor dirección artística, en el Festival de Gijón 2015. Duración: 99 min.

 

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