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Dulzura americana, crítica

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Por Ernesto Rizo

En el reverso del american dream

1. Jack Kerouac escribió hace décadas En el camino: una oda a los Estados Unidos de Norteamérica y sus paisajes y sus personas, como un grito de rebeldía de aquella generación (beat) que pretendía subvertir los valores (o falsos valores) de una sociedad conservadora, en progreso, que (dada la práctica racionalidad; el practicismo del capitalismo y dado el choque generacional) rechazaba al rock, a los hippies, y castigaba el hedonismo y la libertad que supone la juventud. Lo hizo mediante una furiosa novela que narra un viaje, un largo viaje en carretera, y que impactó a toda una generación que, en apego a las letras de Kerouac, manifestó el reverso del sueño americano.

2. “De cuando en cuando salíamos corriendo a los bares y volvíamoss también a la carrera. La noche se iba poniendo más y más frenética. Me habría gustado que Neal y Ginsberg estuvieran allí (luego caí en la cuenta de que se habrían sentido fuera de lugar y no habrían disfrutado gran cosa). Eran como el hombre de la mazmorra de piedra y la penumbra, surgiendo del subsuelo: los sórdidos hipsters de Norteamérica, una nueva generación beat a la que yo me iba incorporando lentamente (On the Road, Kerouac)”.

3. Muchos años después de aquellas furiosas letras, aparece Dulzura Americana, película de Andrea Arnold, que también narra un viaje en carretera, otro largo viaje en carretera, y que es una oda a Norteamérica, pero también un canto desolador por el estado de cosas de aquel país: una muestra del fracaso del sueño americano en muchos estados de EEUU; una muestra de que no todo es prosperidad y riqueza, sino que también hay miseria, desesperanza, no-future. La película es la muestra del reverso de un sueño americano, en donde yacen las almas perdidas en un país que incluso en su política, con un sistema democrático (modelo político degenerado, según lo dijo Platón), elige a personajes como Trump para re-dirigir un rumbo que se percibe perdido.

4. Como la miel. A eso sabe Dulzura Americana. Pues la película en la superficie es una sucesión de imágenes de situaciones en las que el hedonismo de una multitud de jóvenes guía el camino. Ante nuestros ojos, dicho grupo de jóvenes, reclutados por una mujer (Riley Keough) que comanda el negocio de venta de suscripciones a revistas que, sin embargo, nunca llegan a los llamados suscriptores, quienes son víctimas del fraude mejor dicho, deben moverse por la carretera yendo de un lugar a otro. Los lugares visitados no son las grandes ciudades de EEUU sino aquellos estados en los que las condiciones no son tan favorables como creémos que son en la totalidad de aquel país. El reverso del american dream, el lado oscuro de un país es uno en donde las personas tienen que ingeniárselas para sobrevivir.

5. La película es un viaje que una cámara orgánica permite ver, desde la camioneta, el coche, siguiendo a los jóvenes que desempacan “sus pertenencias”, siempre consumiendo alcohol, fumando marihuana, escuchando gangsta rap, riendo de su propia (y conocida) desgracia, pero soñando: en que el futuro les depara algo tan dulce como un hogar en medio del bosque. Sin embargo, el ahora de los personajes es un movimiento constante, por no tener (siquiera la posibilidad) de tener una casa, un trabajo formal, seguros o créditos. El movimiento entonces predomina y la película se constituye como una sucesión de viñetas.

6. Las viñetas se suceden, a veces incomodamente repetitivas, y algo que podría parecer defecto, en realidad es la mayor virtud del lenguaje que contruye la cinta: uno de un camino, una carretera, sin destino definido. Un camino sin llegada. Una vida sin objetivo. Un país sin rumbo. Un mundo yéndose al abismo… Aunque dichas lecturas caigan en una tonalidad sombría que, desde luego, Dulzura Americana no tiene. No lo tiene por el hedonismo siempre presente de los personajes que el ojo de la directora no castiga, sino muestra, sin ninguna posición moralina; no lo tiene por los paisajes de atardeceres reconfortantes que dibuja; por un soundtrack que, de Rihanna, el abanico de gangsta y Bruce Springsteen arroja dos grandes momentos sonoros hacia el final (cuando suena precisamente American Honey y God’s Whisper), y que nos hace querer cantar como los jóvenes que viajan sin rumbo, que viven atrapados como bien metaforizan las múltiples tomas a insectos que pretenden escapar de espacios cerrados y se contraponen a las otras múltiples tomas de aves que sobrevuelan.

7. La película es una road movie que además cuenta la historia de un amor a primera vista, entre Star (Sasha Lane), quien escapa de una vida miserable para unirse con este grupo de criminales de poca mota, y  el reclutador (un magnífico Shia LaBeouf). Historia que se desarrolla con los matices circunstanciales de una vida de inestabilidad constante. Un amor salvaje, cargada de un erotismo que tiene como fondo los cálidos paisajes de un país hermoso naturalmente; en decadencia económica y política (aunque nuestra percepción suela ser diferente). Una historia que tiene los sinsabores de una vida sin futuro, en la que lo único que parece tener sentido es la diversión, el hedonismo decantado en las drogas y el sexo, y los sueños.

8. Debajo de la superficie dulce que la película dibuja, sin duda se podrán encontrar reflexiones sobre el rumbo de EEUU que, aunque pareciera que no, también ha generado miseria y ha dejado a sus jóvenes sin futuro, sin ideales, anclados al hedonismo perene, rebeldes al contrariar un sistema (capitalista, familiar, o moral) llevando una vida fuera de los estándares de la sociedad pero que inevitablemente caen en el dominio de un líder que se beneficia de su desgracia.

9. Menos furiosa que, por ejemplo, la novela beat emblemática de Kerouac, más en un tono constante de ensoñación, Dulzura americana es una road movie que muestra la grandeza del ideal de libertad, pero también el decadente reverso del sueño americano. ¿No han pensado que las pesadillas puedan tener un sabor a miel… amarga?

De cine está hecha mi vida.

American Honey, EUA, 2015. Dirección: Andrea Arnold. Guión: Andrea Arnold. Reparto: Sasha Lane, Shia LaBeouf, Riley Keough… Fotografía: Robbie Ryan. Duración: 164 min.

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