Cinevive Juan Manuel Arraiga Juego de Tronos Temporada 3

Juego de Tronos, temporada 3, un acercamiento

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Por Juan Manuel Arriaga 

Aparece la verdadera maldad 

Dante Alighieri puso en el más profundo receptáculo del Infierno a esa pequeñísima fracción de la humanidad que se ha atrevido a cometer la más cruel y ruin de las fechorías: la traición. La traición llena la pantalla en este tercer bloque del enorme emplazamiento en el que se ha convertido la serie que me empeño por comentar. La traición enajena familias, derroca reinos y se entromete en el alma humana como un veneno tan corrosivo como el poder de un ejército que está por dejar en ruinas a una ciudad. Y es que eso es lo que sucede precisamente ahora: una familia perece a manos de los anfitriones que prometieron darle apoyo para una campaña que se encaminaba a los loores de la victoria; una ciudad entera, la Ciudad del Norte, la gloriosa Winterfell, sucumbe a la ambición desmedida de unos; y, como si no fueran suficientes tales muestras de dolor, un hombre, uno de los personajes más infortunados de toda la serie, se ve atado no sólo a una cruz de tortura, sino a un penoso destino que tendrá la desgracia de extender por muchísimo tiempo.

Si uno de los personajes más detestables del argumento, hasta esta temporada, era indiscutiblemente Joffrey Baratheon (Jack Gleeson), la introducción de una nueva forma de maldad viene a obscurecer los desatinos del joven rey de Kingslanding. Lo conocemos como Ramsey Snow (Iwan Rheon), el bastardo de un lugarteniente al servicio de los Stark, pero a la postre se convertirá en el temido señor de Winterfell y, tras forjar un camino lleno de crueldades, tras pisotear a cientos para obtener sus propios objetivos, recibirá en la trama un lugar meritorio dentro de los antagonistas con el apellido de la familia Bolton. Ramsey, a diferencia de la crueldad arbitraria y disfuncional de Joffrey, muestra un sadismo inteligente y planificado que lo orilla a cometer actos difíciles de contar (castración, tortura, “cacerías” humanas, violación, parricidio y, por supuesto, traición). Ramsey es, ante todo, un genio de la manipulación y del terror psicológico, por lo que se abre camino en el juego de los tronos con una poderosa personalidad narcisista y un olfato político implacablemente sádico. Es el villano perfecto, sin duda alguna.

Sin embargo, ello no impide que otras personalidades del ámbito antagónico también sobresalgan por su villanía: Cersei Lannister (Lena Headey) sigue causando resquemor entre quienes la ven como la titiritera del poder en la capital; los reyezuelos de las provincias extranjeras, las que se encuentran en los desérticos parajes dothraki, siguen confrontando a la cada vez más poderosa Khalessi (Emilia Clarke), quien, de hecho, se ha apropiado ya de un indómito ejército llamado “Los inmaculados” y que avanza presurosa en su asenso por el poderío suficiente para reclamar el Trono que le pertenecía a su dinastía, los Targaryen; las amenazas del norte siguen su imparable marcha hacia el sur, hacia los siete reinos, pues tanto los Caminantes blancos (una mítica facción de seres sobrenaturales con cuerpos zombificados y espíritus destructores) como los Salvajes (huestes humanas que se negaron a ser dominados por las monarquías del mundo civilizado y que, por ende, viven en la rudeza del invierno perpetuo) chocan cada vez más frecuentemente contra los muros que resguardan la entrada por el norte. Aumentan con cada capítulo los duros embates del caos que hacen cada vez más difícil la vida y la seguridad de cada habitante de este universo épico.

Grosso modo, toda esta tercera entrega de la serie es muy psicológica. La psicología queda favorecida en detrimento de la acción épica, aunque no la eclipsa ciertamente; lejos del tremor ensordecedor de las grandes batallas, el diseño de cada episodio, al parecer, estaba destinado a incidir en la parte emocional de los espectadores, pues no hubo episodio en que no se elaboraran sólidas contribuciones a la manipulación mental: las visiones que tiene Daenerys de Khal Drogo (Jason Momoa) con un hijo en brazos en la Casa de los Eternos (quienes precisamente practican la magia); los encantamientos de la Bruja Roja (Carice van Houten) y su lucha por consolidar entre sus allegados la fe que le da sus poderes; la inesperada traición de los Frey a la familia Stark, que provocó uno de los giros de tuerca más profundamente tristes en la serie; los opulentos juegos letales de Ramsey; y, como si de un metafórico personaje se tratara, la intervención cuasi ex machina de Jaqen H’ghar (Tom Wlaschiha) y su icónico Valar Morghulis (Todos los hombres deben morir). Por todos los flancos del mapa se entromete alguna referencia al terror, a la miseria y a la traición.

Hay otra innovación en este aspecto de la trama: el espectador conoce a la religión como mímesis de la fe del mundo real, como imitación de los patrones culturales que le dan surgimiento y que la alimentan, pues poco a poco se vuelven frecuentes las alusiones a los cultos y a las prácticas religiosas en clara analogía con la historia real. Quizá sea una referencia obvia a los mecanismos del poder que han justificado a lo largo de siglos y siglos la intervención del ente religioso en la vida humana, sobre todo en Occidente, pero aun así el gran valor de esta ampliación del metaverso de Juego de Tronos radica en la inercia con que se proyecta a las sucesivas temporadas el fenómeno de la fe; además, constituye (y constituirá) una sagaz crítica contra el fanatismo, la ceguera y el oscurantismo que deriva de la apertura monárquica al servicio de las potestades divinas.

De este último elemento argumental se desprende la explicación, al menos a mi entender, de otros elementos de la trama: el oscurantismo religioso justifica la falta de experimentación “científica”, de descubrimientos y avances tecnológicos; además, puesto que Juego de Tronos comienza y termina conceptualmente en el aspecto dinástico de sus sociedades, también el elemento religioso expone la carencia de una directriz que señale la diversificación de las áreas tecnológicas o, cuando menos, armamentísticas (toda sociedad cambia con el tiempo, inevitablemente cambia, como la evolución natural). No es extraño, pues, que el ambiente general de la saga, hasta el momento, sea de un profundo enfoque en el aspecto sociocultural, mermando así los avances que invariablemente surgen en las civilizaciones humanas.

Mención especial merece un personaje sobre cuyos hombros comienzan a sumarse cada vez más las cargas del drama, a pesar de que su línea argumental se nos presente alejada de los conflictos centrales: Jon Snow (Kit Harington), bastardo de la casa Stark. A mi consideración, el futuro de Snow no sólo es el de ser el personaje masculino central en la trama, sino también el que más promete convertirse en el redentor de su tiempo, el salvador de las distintas líneas argumentales que convergen en el mapa global de este juego. Por ahora sólo cabe preguntarnos: ¿Cómo se involucrará con el resto de la ficción literaria este personaje tan formidable? ¿Cómo lo veremos cambiar los gélidos horizontes de Castle Black y los cuarteles de la Guardia nocturna por los suntuosos atavíos de la corte o del comando militar?

Un nuevo juego acaba de comenzar, un Juego de Bastardos que, sin duda alguna, terminará por enfrentarlos de algún modo.

El cine es tiempo y de tiempo está hecha la vida.

Game of Thrones, Estados Unidos, 2011. Dirección: Thomas McCarthy, Brian Kirk, Daniel Minahan, Alan Taylor, Timothy Van Patten y David Nutter. Reparto: Richard Madden, Mark Addy, Nikolaj Coster-Waldau, Michelle Fairley, Lena Headey, Emilia Clarke, Iain Glen, Kit Harington, Sophie Turner, Maisie Williams, Richard Madden, Alfie Allen, Isaac Hempstead-Wright, Jack Gleeson, Rory McCann, Peter Dinklage, Iwan Rheon. Guión: David Benioff, D. B. Weiss, Bryan Cogman, Jane Espenson, George R. R. Martin, Vanessa Taylor y Dave Hill. Basada en la saga literaria “La canción del Hielo y del Fuego” de George R. R. Martin. Duración: 50 min aprox. (cada episodio).

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