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Naranja mecánica, crítica

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Por Ernesto Rizo

Romper la cabeza en pedazos

Después de haber creado su obra maestra, 2001: A Space Odissey (1968), película que impactó profundamente por mostrar una visión trascendental del mundo guiado por la tecnología, tomando en cuenta la proeza que significó su realización, y convirtiéndose en un hito de la ciencia ficción, Kubrick, uno de los directores más importantes que ha dado la cinematografía mundial, por no carecer de virtudes en la realización artística que supone el séptimo arte, dio a conocer al mundo A Clockwork Orange, una película más de ciencia ficción que muestra un mundo futuro decadente en valores, concentrándose en las determinantes que las instituciones sociales vierten en el individuo, “desnaturalizándolo”, convirtiéndolo en una máquina movida a voluntad de los límites “morales” que impone un contexto.

La trama, que modifica aspectos de la novela de Anthony Burgess, desarrolla una historia en el futuro de 1995 (según una visión desde el año 1965). Un joven rebelde llamado Alex (Malcolm McDowell), se junta todas las noches con su banda de “drugos” para tomar leche con sustancias psicoactivas en el famoso bar Korova, para estimular sus sentidos y salir a la calle a delinquir, gozando de la “ultraviolencia” que sus actos les provocan.

Kubrick nos recibe de golpe con una pantalla en rojo, y una música que hipnotiza, pasa al azul para mostrar su nombre, y luego un tipo nos está mirando. Trae en el rostro una pestaña postiza y conforme la cámara va para atrás, extendiendo la toma, nos damos cuenta de su peculiar atuendo, en blanco, con sombrero, un protector genital, zapatos negros y un bastón; peculiar como el de sus compañeros drogus.

Nos muestra la belleza surreal-futurista del Korova y nos lanza luego a la calle. Presenciamos los crímenes que estos jóvenes cometen. En una sucesión de imágenes de ultraviolencia (que en su tiempo escandalizaron y ocasionaron que se culpara al director de crímenes cometidos por jóvenes en Inglaterra). Presenciamos, más allá de calificar el uso de la violencia, una realización cinematográfica que rozaba la perfección. La cámara de Kubrick está donde debe estar, y se mueve según las necesidades orgánicas de la película. Un maestro de las atmósferas, apenas apoyado por sus fotógrafos, recrea mediante los colores y un juego de luces propio del artista que mira el mundo con una visión única, inalcanzable para quienes no podemos ver más allá de nuestras narices, un discurso de subversión que, como un afilado cuchillo, parte la conciencia del espectador, cortando con tajos sutiles y luego veloces, sin dejarlo respirar.

El montaje de la primera parte de la película tiene los más altos méritos, pues la yuxtaposición (sobre la que teorizó Eisenstein) está aplicada en este filme de manera excepcional, como ejemplo, como referencia, como clase de la que todos los que pretendan hacer cine deben aprender, como bebida artística que hay que tomar para estimular los sentidos y crear… como esa leche estimulante del Korova. Dos ejemplos: la escena en la que Alex tiene sexo con dos mujeres a la vez, que no se extiende más de dos minutos; o la Novena Sinfonía (que ocasiona catarsis en nuestro personaje principal) que “bailan” unos cristos en escultura satírica, demuestran que Kubrick estaba en la cumbre de su genialidad.

La película, en esa primera parte, muestra cómo Alex y sus compañeros se desenvuelven en un mundo decadente. El edificio en el que vive es el mejor ejemplo de cómo las personas parecen vivir en condiciones paupérrimas a pesar de que el contexto está recubierto por una superficial capa de orden civilizado. Metáfora no muy complicada de entender sobre el porqué las juventudes son lanzadas a un mundo sin oportunidades y terminan como las generaciones criminales futuras. Ahí está el choque que supone una sociedad supuestamente en progreso, que viste atuendos extravagantes y la ruptura del lenguaje tradicional mediante el nasdat (jerga ficticia que usan los drogus).

La pandilla de Alex le da la espalda, éste termina asesinando y es enviado a prisión. Una segunda película comienza. Ahí vamos acompañando al “sufrido narrador”, “fiel amigo” nuestro, en su calvario en la cárcel. Hasta que decide someterse a un tratamiento psicológico experimental para convertirlo en un hombre “bueno”, que rehuya de la violencia. El tratamiento Ludovico. La burla hacia la psicología social. La sátira más punzante de Kubrick sobre las instituciones que pretenden controlar al ser humano mediante métodos, a través de experimentos en los que poco importa la constitución espiritual del individuo, sino solamente mantener un orden. Entonces, la película antes del cierre es una fábula de un Alex que ya no puede violentar, ni siquiera defenderse, por lo que todas sus víctimas pasadas tendrán oportunidad de venganza.

Al final llegará la cura. Pero estaremos en el punto en el que empezamos, por lo que la moraleja se torna compleja y dependerá de ti, espectador-lector construirla. Habrá quienes obtengan algo bueno; habrá quienes, como siempre han habido, malentiendan al director y lo culpen por crear una sátira oscura malintencionada sobre la sociedad y su forma de castigar (o querer controlar) la criminalidad, sin tomar en cuenta la crítica a esa manera de actuar que no considera las causas, las bases de educación desde la familia, y que atiende únicamente las consecuencias.

Obviamente estamos ante una película de Kubrick, y si hay crítica de la sociedad es a través de una sátira fina, “sofisticada”, de genio incomprendido; oficio desarrollado desde Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964): allá con el tema de la guerra, acá con el de la juventud sin posibilidades, la criminalidad y el comportamiento de las instituciones. Y el guión es la maquinaria punzante, provocativa, subversiva que guía la realización perfeccionista del director. Una forma obsesiva de creación que le generó no pocas enemistades. Con Burgess tuvo diferencias, al grado de que el escritor renegó fuertemente del ego del director. Y son conocidas también las pugnas con McDowell, quien terminó odiando al realizador, a pesar de que lo llevó a recrear la mejor actuación de su vida.

Está de más decir que La Naranja Mecánica es una de las películas más importantes y bellamente realizadas en la historia del cine mundial. Es una obra revolucionaria que, a través de la sátira, quebró las formas preestablecidas de las buenas conciencias. Provocó, justo como sólo Kubrick sabía hacerlo. Lanzó una fuerte crítica social sobre la dirección del mundo. El arte erótico satirizado es sólo un ejemplo de la vacuidad que Kubrick detectaba en su tiempo. No muy diferente al nuestro.

Esta película, así como toda la filmografía de Kubrick, es el espejo místico del hombre, uno al que no siempre le gusta mirar, pues le muestra toda la violencia que hay en él, parte innegable de su naturaleza. Kubrick acierta, enseña, sobre cine y sobre tantos temas, haciendo del cine escuela, de la que aprendemos por fuera de las instituciones.  Así, con una película que perdura, y para bien.

¡Viva Kubrick, viva el cine!

A Clockwork Orange, Reino Unido, 1971. Dirección: Stanley Kubrick. Actuación: Malcolm McDowell, Patrick Magee, Adrienne Corri, Michael Bates, Warren Clarke, Miriam Karlin, James Marcus, Michael Tarn, Philip Stone, Sheila Raynor, Godfrey Quingley, Clive Francis, David Prowse, Anthony Sharp. Guión: Stanley Kubrick, basado en la novela homónima de Anthony Burgess. Fotografía: John Alcott. Música: Wendy Carlos y Erika Eigen. Duración: 136 min.

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