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Star Wars, el mito

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Por Juan Manuel Arriaga 

Un fenómeno que se volvió mito… Un mito que se volvió historia

Cultura galactobélica 

Son siete los episodios que se cuentan, hasta el momento, de la franquicia de Lucasfilm. A estos siete capítulos “canónicos” de la saga se suman todo un repertorio de animaciones, videojuegos, series de TV y, más recientemente, películas también, que amplían las pequeñas historias que nos va dejando entrever el argumento general, para conformar así un verdadero universo, un metaverso, que ya tiene vida propia.

Tal como en todo gran fenómeno masivo, Star Wars conforma ya una cultura que se ramifica como los nervios de un cuerpo humano o las raíces de un árbol frondoso. Sin embargo, ninguna otra franquicia en la historia, a nivel narratológico, ha creado su propia concepción de un universo justificado y planificado (vivo) que subsista por sí mismo y se prolongue indeterminadamente como lo hace el universo real que percibimos. Cada nueva película parece un bloque análogo al de algún avance científico, pues con ellos descubrimos un nuevo aspecto, un nuevo haz de verdad o de intervención en la manera en la que está edificada su respectiva realidad, la ficticia y la nuestra.

En la literatura sólo alcanzan tal complejidad las creaciones de Ovidio, las Metamorfosis, y de Dante, la Divina Comedia, dada la construcción utópica en las que colocaron sus respectivas ficciones. En el cine, Star Trek se posiciona como un digno rival que, no obstante su complejidad, adolece de universalidad metafílmica, y Pixar ha hecho grandes esfuerzos por dejar rastro de su propio metaverso a través de detalles que cada vez más salen a flote entre sus espectadores; en la televisión, Game of Thrones presenta una complejidad que incide en la épica y en la religión, pero, dado su reciente lanzamiento, le falta un camino más largo por recorrer para consolidar un status de clásico. Pero Star Wars, el universo alterno perfecto, la metáfora precisa de la narrativa mundial, a su muy particular modo, es garantía de una ficción tan bella y sublimada que ya constituye una cultura en la que muchos de sus más adeptos seguidores viven, piensan y sienten.

El legado revelado 

El mito tiene una esencia social y un propósito narrativo que la literatura y los fenómenos miméticos (teatro, danza, artes plásticas) de cada cultura se han encargado de encauzar hacia la justificación de una fe o de un dogma. El mito crece y se fortalece a medida que los recursos que le dan nacimiento se funden con la verosimilitud de la vida humana hasta el punto de representar metafóricamente el acontecer moral o alguna etapa de la vida que esté definida por sus circunstancias. Así surge el héroe, el superhombre, cuya esencia es el descubrimiento de la verdad (todos los seres humanos ansiamos conseguir la verdad, ser los “elegidos” para poseer un saber) y a su causa se aúnan motivos filosóficos que amplían su expectativa y enaltecen sus acciones.

Con el título de El legado revelado, se filmó en 2007 un documental que terminó por arrojar luz sobre este fenómeno épico de tantas y tan variadas directrices. Y es que hay que creer que esta es una epopeya nacida de y para nuestro tiempo y que ha sublimado los distintos aspectos de la cultura moderna, sobre todo la norteamericana. ¿Qué tan ciertas son estas aseveraciones?

Luke y Anakin, ambos Skywalker, son los protagonistas de las dos generaciones de héroes en los que explícitamente se centra el argumento de las trilogías a las que dieron origen (la de los 80´s, el primero, y la de los 2000´s, el segundo). Aquí es donde, entrando en materia, se puede trazar una directriz desde la antigüedad hasta estos personajes, pues encarnan los valores con los que la épica clásica dotaba a sus héroes: el gran cometido que enfrenta al héroe con su destino implacable y desdeñoso, que se cobra caro las injurias y los errores; la entereza de su conducta, que lo mantienen a salvo de los peligros que amenazan su existencia o la de los suyos; el carácter profético que apunta al engrandecimiento e inmortalidad de sus acciones con la promesa de ser el fundador de una ideología o de una raza; la fidelidad de sus allegados; las intervenciones divinas y la puesta en duda de las costumbres o prácticas morales por medio de ejemplos y reconocimientos vienen, todas, a determinar el camino del personaje central. Este héroe puede ser un ser todopoderoso que se enfrenta a monstruos despiadados por el control y salvaguarda del mundo (Hércules, Sigfrido, Genghis Khan, Beowulf); puede ser un mortal destinado a la grandeza por medio de alusiones proféticas que encauzan sus labores o que moldean su determinación varonil (Gilgamesh, Jasón, Eneas, Vasco de Gama); puede ser un prófugo del destino que, en contra de su voluntad, se aventura a la grandeza cuando todo está en su contra y sólo unos pocos creen en su liderazgo (Odiseo, Aníbal, Godofredo de Bouillon) o un ser magnánimo, audaz y guerrero, que impone su propia costumbre y denota de inmediato su carácter altivo e invicto (Aquiles, Alejandro Magno, César).

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Todos estos prototipos están bien definidos en el mundo de la épica; sin embargo, en la autoridad de un servidor, los personajes centrales de la Guerra de las Galaxias son de una u otra forma partícipes de cada uno de ellos, formando así una mescolanza curiosa que se polariza hacia el bien, el uno, y hacia el mal, el segundo.

Al héroe lo respalda un poema, una muestra excelsa y de inconmensurable valor que narra sus proezas, que toca el cielo con un clamor de batalla ensordecedor y ante cuya elaboración el poeta se muestra confesadamente falto de alientos (hasta que recorre a las Musas). Cada héroe tiene su propio canto épico. Por los tiempos que corren, es toda una saga fílmica la que destaca sus cualidades heroicas y justifica sus filosofías. Ni George Lucas es un poeta ni Star Wars es un poema, pero ambos son la mezcla perfecta de una tradición que supo insertar en la pantalla grande los alientos del poeta magnánimo y las complejas fórmulas de la epopeya.

Todo esto nos lo expone grosso modo el documental que antes mencioné; lo que sí resulta un avance con respecto al límite que puso El legado revelado es la continuación de la saga que se niega a perecer. La trama podría extenderse cuanto el “poeta” quiera, pues para eso funciona su temática: para ampliar horizontes dentro de su misma directriz cultural. Cual Homero o Virgilio, que dejaron sus poemas abiertos a la prolongación potencial de su argumento, de tal modo el metaverso de este conflicto estelar parece expandirse más y más, dando paso a la reinvención del mito y a la búsqueda de nuevas historias que continúen su legado autorreferente.

La metáfora y la retórica 

El episodio II y III han disfrazado el concepto de Roma como el pueblo que, por antonomasia, más coyunturas históricas dignas de estudio y referencia ha legado al mundo. El episodio IV nos da a entender el camino del hombre como voluntad de un destino que le depara grandeza; el comienzo del viaje, el inicio del renacimiento, de la esperanza. La gran escena, en el episodio V, en la que finalmente la audiencia reconoce el vínculo de sangre entre Luke y Vader demuestra el carácter ambiguo de las profecías con que los griegos elaboraron todo un paradigma ético sobre la muerte, la gloria y el desino. Los episodios I y VII se integran mutuamente en una interesante alegoría sobre el pasado que retorna y el tiempo que fluye sin remedio, haciéndonos pensar en lo exiguo de la vida humana y en la verdad histórica que dicta: “todo el que ignora el pasado, está condenado a repetirlo”. El final del episodio VI es el culmen de la franquicia y siempre me ha hecho sentir esa emoción del triunfo que espera al final de una senda tortuosa que a la vez sirve para probar las virtudes del héroe y sortear las esperanzas de un futuro próspero…

GeorgeLucasCinevive

Éstas son sólo una pequeña fracción de todas las alusiones, referencias, alegorías, antonomasias y valores de excepción que la franquicia entera desarrolla a lo largo de su columna vertebral cinematográfica. Todo es metáfora en Star Wars. Sólo a través de ese acercamiento es que se logra entender el enorme valor filosófico que ha aportado este metaverso a la humanidad. Además, cual si de una correspondencia kantiana se tratara, el arte que define a esta saga galáctica es tan ecléctico que a él se allegan referencias desde los rincones más alejados de la política, por ejemplo, o de la guerra, aparte de que termina en sí mismo, se autodefine, y, con ello, nos fundamenta ideas, refuerza estereotipos o, mediante sus elementos de épica y tragedia, nos educa (la educación griega se fundamentaba en el efecto catártico de la desgracia ajena a través del mito).

Ver La Guerra de las Galaxias como algo más allá que únicamente el producto de nuestro tiempo (Non sumus tempora; qualia sumus, talia sunt tempora! Decía San Agustín: “¡No somos tiempo; cual somos, tales son los tiempos!”), nos permite apreciar las cualidades morales y los fenómenos históricos que dieron origen a las culturas del mundo, pues de todas se nutre de una u otra forma la franquicia de Lucasfilm.

Todo en Star Wars es también retórica, pues su estructura argumental reproduce los cánones antiguos y de tradición clásica que edificaron la poesía griega, romana y medieval. La idea, por ejemplo, de Aristóteles sobre el orden en el que se presentaba la trama (comenzar in medias res), o la de Horacio sobre la interpretación y la imitación con el doble objetivo de enseñar y deleitar (omne tulit punctum qui miscuit utile dulci: “Venció todo inconveniente quien supo mezclar lo útil con lo agradale”), o la de Geoffroy de Vinsauf sobre los ornamentos del discurso para volverlo correcto y funcional con respecto a la intención moral que se pretende, son premisas que George Lucas no tuvo reparo en asimilar para su producción galactobélica (de galacto-: galaxia y bellum: guerra… ¡Guerra de las Galaxias!). Con ello demuestra no sólo la vigencia de una antigüedad admirable y altivamente sabia, sino también, y más importante a mi entender, el hecho de que las historias se pueden seguir contando, con sus respectivas variantes, con la lógica y las herramientas culturales que moldearon el pensamiento antiguo.

Star Wars, por ende, fascina. Fascina a grandes y a chicos, a europeos y latinoamericanos, a acérrimos defensores del arte fílmico y a espectadores promedio que sólo buscan un pretexto para divertirse con amigos, a interesados en su fenómeno cultural y a gente que se aburre con cintas desprovistas de acción.

Ha fascinado y fascinará tanto o más que las religiones, porque La Fuerza es un recurso que plantea el mismo principio dogmatismo que la fe o la gracia divina.

De los errores, fallas y desperfectos

Me desanimó muchísimo el final del episodio VII. Cunado compré mi boleto para el estreno mundial de medianoche, el aire de nostalgia que ese día soplaba con otoñal mansedumbre fue el que infundió en mi pecho la misma emoción con que acudí, de pequeño, a ver los episodios VI, II y III. Lo que causó mi desánimo fue ver cómo una chatarrera pobre de Jakku sin entrenamiento y que acababa de descubrir los efectos de La Fuerza sobre sí misma haya podido derrotar, en su primera batalla con un sable de luz, al nuevo villano de la franquicia, quien se alzaba como el gran comandante en jefe de la facción tiránica y como un experimentado piloto y guerrero entrenado en el lado oscuro.

Y como ese hay muchos otros errores que no pasan desapercibidos para quienes ponen atención en el desarrollo de los eventos galácticos.

Hay una teoría que analiza la importancia de Darth Vader y lo pone como totalmente innecesario para el desenlace de la primera trilogía; es decir, sin él, el resultado sería el mismo. Hay que descreer un poco de este argumento, dada la naturaleza del Sith a priori, como forma concreta y símbolo del poder arbitrario; sin embargo, ello no impide que los huecos argumentales en torno a una figura tan importante como la suya sean tan evidentes. ¿Qué fallas no encontrará la crítica en personajes de menor relevancia o en aspectos más débilmente justificados?

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Tal como en la épica antigua o en los cantares de gesta medievales o en las crónicas de los países orientales, la justificación y la continuidad muchas veces son difíciles de lograr y el poeta opta por la solución más inverosímil; justificar un argumento es una tarea difícil y en el cine, por el aspecto visual, muchos elementos se descuidan al final. El campo de visión que ofrece la cámara es un factor peligroso para quien no tiene ojo para el cine, pues a través de él se conceden muchos aspectos narrativos y es común que las fallas se filtren hasta la edición oficial de la película.

Star Wars, dada su amplísima temática, la complejidad de los problemas que plantea y las vías que propone para resolver sus líneas argumentales, tiene muchos errores de continuidad o de visión que siempre causan resquemor entre los adeptos más cercanos a la franquicia. Muchos son ya bien sabidos, como la escena, en el episodio V en la que el atuendo de Han Solo, antes de ser congelado en carbonita, cambia totalmente de un corte a otro de cámara; o la escena en la que un Stormtrooper se golpea la cabeza en una de las puertas… ¡En ambos casos, así quedó la filmación para el corte final y su respectiva proyección mundial!

Repito, es común tener errores como los que he mencionado. Esos errores, por muy grandes que sean, no dejan de ser parte de una historia encantadora y, en última instancia, no permiten que la saga fílmica entera sufra menoscabo. Todos esos desperfectos pueden ser perdonados. Incluso para el futuro de la franquicia, los errores y las malinterpretaciones que la crítica exponga no determinarán el éxito de aquella; es la aceptación del público la que llevará de nuevo al universo de Lucasfilm a la cima o, en cambio, a la ruina.

Por mi parte, prefiero siempre repetir lo que uno de mis grandes maestros de literatura griega decía a propósito de los huecos en la trama y en los problemas por dar continuidad lógica a una narrativa: “Más vale una mentira verosímil que una verdad inverosímil”.

El futuro de la franquicia

Desde que Disney compró Lucasfilm en 2012, muchas cosas han cambiado para bien y para mal. Como Marvel, la nueva trilogía del universo de la Guerra de las Galaxias ha tenido que adaptarse a políticas e ideas menos flexibles con ciertos aspectos temáticos que, en otra instancia, resultarían distintos; la jocosidad ingenua con apariencia de involuntaria que es una marca evidente en los filmes de aquella compañía son un ejemplo de hasta dónde ha cambiado la psicología de los personajes y de las situaciones a las que se enfrentan.

Sin embargo, para asegurar que la transición no tendrá pérdidas monetarias o comerciales, la empresa de entretenimiento compradora ha jugado valiosas cartas: contrataron a un director (y futuro productor del episodio VIII) muy experimentado en temas de ciencia ficción, J. J. Abrams, para dirigir la séptima entrega; su montaje, efectos especiales y sonido se colaron hasta los premios Oscar; mientras que la participación de los anteriores ídolos, Leia (Carrie Fisher) y Luke Skywalker (Mark Hamill) no fue gratuita, pues con ello aseguraron una poderosa campaña de marketing que atrajo la atención de críticos y teóricos a lo largo del mundo.

No dudemos que Disney juegue más cartas importantes en las subsiguientes entregas.

Se avecina el estreno de una película que pretende arrojar luz sobre los pormenores del pasado (será una precuela en todo su sentido). Se hizo llamar Rouge One: A Star Wars Story y desde su título y sus tráilers nos aboca a la fantasía de ver una vez más lo que pasó en algún otro lugar, lo que no pudimos ver, durante las producciones de los 80´s. Apela a la nostalgia colectiva al prometernos una visión más sucinta del imperio y la rebelión, además de que la figura de Vader se sugiere positivamente en su historia. Descubriremos su grandeza este diciembre.

Y los episodios de la tercer trilogía, el VIII y IX… Bueno, a mi juicio, seguirán la misma fórmula que le funcionó a George Lucas en las dos trilogías precedentes: un inicio esperanzador y triunfante para la facción de los “buenos”, un episodio medio en el que el triunfo de la facción antagonista parece dejar sin esperanza de salvación a la galaxia y un final arrasador tanto en efectos especiales como en escenas de batalla, porque es el momento en que los buenos vencen, la justicia se hace escuchar y la Fuerza se equilibra con la intervención del héroe (o heroína, como parece que será esta vez).

¡Que la Fuerza esté con Lucasfilm!

El cine es tiempo y de tiempo está hecha la vida.

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