Colaboran Crítica Juan Manuel Arraiga Recordando...

Cara de guerra, crítica

Por Juan Manuel Arriaga

A la guerra por la guerra

Taxi Driver (1976) y El gran Lebowski (1998) son dos ejemplos perfectos del efecto devastador que tuvo la guerra de Vietnam en la vida y la ideología norteamericana. Sus respectivos personajes, Travis (Robert de Niro) y Sobchak (John Goodman), son el vivo reflejo de una modernidad que atenta, casi en todos sus aspectos, contra la moral del individuo. Claro, la primera cinta de las aquí citadas canaliza al aspecto dramático tal efecto, mientras que la segunda lo refiere hacia el cómico. Con Full Metal Jacket conocemos el efecto catártico de la guerra en su acepción patológica; ejemplos de ello también son Platoon (1986) o Apocalypse Now (1979), pero el clásico de Kubrick viene a insertar en el espectador la idea de que se justifica de un modo tan irracional como para hacernos creer que la guerra es causa y fin de la guerra misma: ¡A la guerra por la guerra!

Cuando los nuevos reclutas norteamericanos llegan a Parris Island, el centro de entrenamiento previo a su ominoso y terrible destino que son las letales selvas de Vietnam, el sargento Hartman (R. Lee Ermey) les quita poco a poco los rastros de humanidad y compasión con que llegaron para meter en sus cuerpos y en sus mentes la sola idea de que la matanza es el único modo de que pueden sobrevivir a una guerra que, como parece, le está costando muchísimos esfuerzos ganar al bando norteamericano. En eso consiste la primera parte de la cinta: los duros tratos con que se tiene que granjear cada recluta su posición en el campo de batalla; las dos opciones son muy claras: o ganas o mueres, no hay puntos medios, no hay más que sobrevivir al duro entrenamiento y luego al cuasi suicidio de la guerra o sufrir la locura del dolor psicológico antes de correr a una muerte segura contra el Vietcong. El punto más álgido de la cinta es el que separa esta primer parte de la segunda: el asesinato de Hartman, pues es en ese momento en el que vemos al ser humano en toda su deshumanización, al guerrero incólume que podría matar sin escrúpulos y sin remordimientos, al psicópata de guerra a quien apodan Patoso (Vincent D´Onofrio) y que marcará la vida de sus compañeros reclutas incluso después de que desaparezca tan violentamente de la pantalla; y es precisamente el sargento mismo quien tendrá que pagar con su vida el precio de haber conseguido crear un soldado así. El resto de la cinta se aleja del escenario de entrenamiento para situar a los ya deshumanizados caudillos en la práctica bélica; a la sazón se suceden en pantalla, a modo de una sinécdoque cruel y difícil de digerir, todas las escenas de batalla con que el director asume el significado general de este conflicto que terminó por hacer de toda una generación el abismo más oscuro de maldad y disfuncionalidad en la sociedad de un país. La guerra derrumba sociedades.

¿De dónde nace la crueldad? Creo que es una pregunta muy difícil, si tomamos en cuenta que crueldad define el comportamiento humano desprovisto de compasión; la crueldad no es apreciable en otros seres más que en la especie humana, que es la única capaz de mostrar compasión. Es por eso que esta película es tan dura: no perdona al espectador al poner delante de sus ojos a la crueldad en su acepción más amplia. Kubrick mismo realzó los escenarios de combate y de instrucción bélica para hacerlos lo más realistas posibles en aras de mostrar con su magistral dominio de cámara las raíces de la maldad. La crueldad lleva a la maldad, pero, repito, la maldad sólo se puede concebir cuando hablamos del ser humano. No hay crueldad en la naturaleza, sólo en la guerra y la guerra la hacen los humanos.

El filme tiene una conclusión muy noble, después de todo, con respecto a la comprensión general de lo meramente humano: el miedo, como se deduce al final Bufón (Matthew Modine), el recluta más concienzudo y prudente de cuantos egresaron de Parris Island, es una profunda huella que nos ayuda a sobrevivir, que nos mantiene a salvo de la inmundicia del caos y de la matanza, por lo que debemos estar agradecidos de sentirlo y, más aún, de superarlo.

La metáfora tampoco hace esperar su respectiva interpretación a lo largo de la historia que nos cuenta la película: conseguir la paz o ansiar tan solo la paz justifica una humanidad llena de conflictos bélicos y enfrentamientos, porque la guerra es irracional, es contradictoria y crea las condiciones de obediencia perfectas para que cualquier ser humano decida, por su propia mano, acabar con su propia existencia antes que rechazar una orden. Es por eso que el director, en un brillante acercamiento al significado tan contradictorio de la guerra, nos explica su concepción de la paz mediante un artificio retórico: Bufón lleva en el uniforme el símbolo de la paz y al mismo tiempo en su casco la sentencia: “Nacido para matar”… ¿Es la guerra un medio, un objetivo o una causa para lograr la paz? Para Kubrick la paz es sinónimo de guerra.

Sin lugar a dudas, Kubrick hizo de ésta, su mejor película sobre guerra, el paradigma perfecto que conduce nuestro razonamiento hasta lo irracional y, de ahí, por medio de pistas históricas, hasta la idea de que Norteamérica habría de perder, como si de un designio prefijado se tratara. El camino que sigue esta película supone en el espectador un viaje desde lo congruente hasta lo ambiguo, lo psicótico; es un viaje que comienza en lo humano y pasa por lo inhumano para decantarse por la enseñanza moral de que el mayor miedo está en la guerra, en el conflicto, y que superar el conflicto (¿interno?, ¿la guerra de cada uno?) supone vencer el miedo, la locura y la irracionalidad.

“La guerra (como afirma Hugo Grocio) es un asunto tan cruel que solo pueden dignificarla la extrema necesidad o la verdadera caridad”.

El cine es tiempo y de tiempo está hecha la vida.

Full Metal Jacket, Estados Unidos, 1987. Dirección: Stanley Kubrick. Reparto: Matthew Modine, Adam Baldwin, Vincent D’Onofrio, R. Lee Ermey, Dorian Harewood, Arliss Howard, Kevyn Major Howard, Ed O’Ross. Guión: Stanley Kubrick, Michael Herr, Gustav Hasford. Fotografía: Douglas Milsome. Nominada a un premio Oscar en la categoría de Mejor Guión Adaptado. Duración: 111 min.

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