Cinevive Colaboran Crítica Ernesto Rizo Estrenos

La La Land, crítica

LaLaLandCinevive

Por Ernesto Rizo

El bailensueño 

“Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.”

Calderón de la Barca

1. La conjunción armónica de los elementos cinematográficos que conforman La La Land, la convierten en una obra técnicamente prodigiosa, en una historia profundamente conmovedora y en una muestra más de las infinitas posibilidades del cine. Aunque, vale decir, también en una muestra más del romanticismo hollywoodense.

2. Hablar de La La Land luego de saberla nominada (logro histórico) a 14 categorías del Óscar y de ser multicomentada, ¿nos obliga a deshacernos en elogios por ella?, o, por el contrario, ¿nos incita a encontrar argumentos para desvalorizarla en aras de cierta tendencia de “contra-moda”? ¿No será acaso más provechoso dejar de etiquetarla desde un polo y reflexionarla como una-obra-única más? No, no es “la Casablanca del siglo XXI”, es una película nueva, que puede pensarse, por sobre todas sus referencias e influencias, desde su propia concepción y esencia.

3. El romanticismo tan característico de Hollywood desde su conformación histórica se vierte en la película, puesto que aquella meca del cine es muchas cosas, pero sobre todo, romántica. Como cito en mi crítica a Cuentos de Tokio: “‘Hollywood es romántico, no es clásico, Japón lo es…’, o algo similar sostiene Mark Cousins en la estupenda The Story of Film: An Odyssey, serie que recorre históricamente el cine desde una visión no occidental”. Y es que la cinta se construye mediante un discurso cinematográfico apegado a los tradicionalismos de Hollywood, aunque tiende a la deconstrucción; retoma las formas de aquellas películas que le sirven de influencia (Casablanca es, por supuesto, una de ellas) y las convierte en otra cosa, sin abandonar el romanticismo, el mundo de los sueños al que pertenece este cine: porque la maquinaria de los sueños que es el séptimo arte se nutre de obras como ésta, creadas desde la gran industria; y eso no quiere decir que esté mal, no puede estarlo cuando una película propone y demuestra que el cine puede, aun en nuestros tiempos en los que parece que todo ha sido contado, seguir mostrándonos posibilidades de inovación técnica y narrativa.

4. La película cuenta una historia que ha sido contada muchas veces, pero la adapta a nuestra actualidad y le da giros que nos llevan en un vaivén de emociones como aquellas buenas películas que son eso: conjuntos de emociones. La actualización y el constante remitirse al género del “clásico” musical la contradicen, y eso es una virtud, pues así se potencializa su forma de ensueño, de tendencia hacia lo onírico; a lo que se suma además la plasticidad de la estética.

5. Por un lado, una joven que trabaja en una cafetería, llamada Mia (Emma Stone), quiere ser actriz; por otro, un joven llamado Sebastian (Ryan Gosling), amante del jazz, quiere poner su propio club, en tiempos en los que el jazz muere, avasallado por una música industrializada y plástica. Ambos soñadores empedernidos se encuentran en las calles de Los Angeles, un lugar en el que todos sueñan, pero en el que se viven las condiciones del tiempo capitalista actual y el sobrevivir económicamente es una preocupación diaria. Tiempos duros para soñadores (Amélie, dixit). Ambos personajes tienen una dinámica de encanto puro y sus escenas se convierten en un hermoso ejercicio de canto y baile que teje una cuerda que se tensa entre dos universos de sueños. Los dos universos en los que la película se sostiene.

6. El jazz. De un lado, la música que adora el personaje masculino construye el ritmo de la película. Forma parte del género musical, pero, me atrevo a decir que, ahí mismo, con el uso del jazz comienza la deconstrucción, pues la música de origen afroamericano y las citas a Charlie Parker, Thelonius Monk o Louis Armstrong nos hablan de una forma musical furiosa que subyace en las delicadesas del piano o el saxofón, lo que nos aleja del sentido empalagoso de las baladas del musical clásico. Aunque hay parafernalia y coreografías de una precisión desorbitante, el jazz impulsa una vitalidad más orgánica en la cinta, más corporal, incluso de más soltura y torpeza en los movimientos, que de forma plástica. Hay sensualidad desde la primera estupenda secuencia (que pone de relieve el contexto de nuestro tiempo de forma aguda: un atasco en el tráfico en el que aparece, como de la nada, el canto y el baile, es decir, la fantasía, es decir el ensueño).

7. La actuación. Del lado de la feminidad de la película se vierte el otro universo que desde luego la construye: el propio cine. Estamos ante una película que en su metafílmica nos lanza sus propias pistas de concepción. Se nos hace saber que todo no es más que artificio, maquinaria de sueños puesta en marcha, es decir, fantasía, es decir ficción musicalizada, cantada y bailada. Damien Chazelle incluso dialoga con sus posibles detractores en una línea en la que refiere la necesidad de que existan más actrices, cuya respuesta es tan ambigua como la reflexión sobre la necesidad de que existan más abogados. ¿Que película es necesaria? ¿Qué tan necesaria es una película romántica que quiere dar unos pasos décadas atrás en tiempos de Trump? Una posible respuesta: la propia metafísica del cine nos señala que el séptimo arte es (existe) porque se sigue haciendo, se sigue admirando y se sigue discutiendo, entonces cada obra forma parte irremediablemente del universo cinematográfico. El arte por el arte; el cine por el cine. La La Land existe porque su existencia es la causa final del propio cine, entonces su necesidad no se pone en duda, sino sus cualidades estéticas y discursivas, como con cada película.

8. Y las cualidades técnicas de la cinta son maravillosas. Su música (con)mueve. Su fotografía, y el tecnicolor, embelesa. Sus bailes coreografiados y filmados con la maestría de uno de los directores más interesantes de nuestro tiempo, impactan. Su historia remueve el sentimentalismo del alma, porque es romántica pero no empalagosa. Y aunque por preferencias personales me incline por muestras más “crudas” cuyos finales dejan una sensación de vacío que no reconforta (como en Animales nocturnos), dada la desesperanza de nuestro tiempo, no podré negar nunca que La La Land es una invitación a soñar y eso la hace… ¡maravillosa!

9. Epílogo. Luego del transcurrir de las cuatro estaciones (estructura narrativa idónea para una película que siempre sí, habla del ciclo de la vida, del ciclo del amor), La La Land concentra en un epílogo guiado por un fuerte onirismo y un gran sentimiento de añoranza por lo que pudo ser, pero fue de otra forma, toda la carga referencial de los musicales clásicos que la influencian. El ejercicio es una interesante revisión de cintas que se entremezclan en una secuencia de pura magia y que nos llevará hacia un final que, como los buenos finales, nos dejan con un silencio reflexivo y melancólico. Si el jazz o la condición de nuestros personajes y sus mutaciones hacen de la película un ejercicio de deconstrucción del género, sirve esta última parte como un tributo y una muestra de explosividad de una estética de enorme belleza que en escenas anteriores está vertida pero desconcentrada, sugerida, y que aquí cierra para, desde luego, confirmar que Chazelle es un enamorado y soñador empedernido del cine, pero no ingenuo, muy agudo.

¡Viva el cine!

La La Land, EUA, 2016. Dirección: Demian Chazelle. Guión: Demian Chazelle. Actuación: Emma Stone, Ryan Gosling. Fotografía: Linus Sandgren. Duración: 128 min.

 

Anuncios

3 comentarios

¿Tú qué opinas?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s