Desayuno en Tiffany’s. Recordando…

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Por Juan Manuel Arriaga

Vanidad de vanidades…

La señorita Holly (Audrey Hepburn) tiene la extraña costumbre de desayunar frente a su joyería favorita, Tiffany’s, visitar en prisión a un criminal y salir a caminar por el Nueva York elegante. Es un intermedio de mujer: no es refinada, pero tampoco da muestras de rudeza; no es poco ligera de ánimo, pero tampoco está quieta en un solo lugar; no es romántica, pero tampoco es insensible. Es difícil describirla, pero no es difícil recibirla en pantalla como un ícono de la femineidad, pues es un personaje que rompe estereotipos y fomenta la simpatía. Simplemente hay que decir que es una mujer muy fuera de lo común.

Acostumbrada a llevar una vida independiente, Holly posee un glamour sui generis al presentarse ante todo el mundo con una despreocupación que raya en la locura. Extravagante como es, no se deja seducir por el amor a primera vista y su fidelidad parece estar casi por entero dada a un gato que recogió de la calle. Pero, como las apariencias engañan, también Holly se engaña a sí misma al creer que puede resistir los atisbos emocionales propios de su sexo. A veces desinteresada, a veces cálida, Audrey Hepburn nos regala un retrato peculiar de una neoyirkina con sueños de grandeza, que se despierta por las mañanas sin saber cómo irá a ser su día y que parece no saber por qué hace lo que hace, pero lo disfruta.

La trama es desencadenada en el momento en que esta inusual joven se hace vecina de Paul Varjack (George Peppard), un escritor que vive en el mismo edificio y con quien forjará un vínculo bastante disparejo. Paul viene a ser el contrapeso de Holly; disciplinado, planificador y sencillo como es él, de inmediato contrastan totalmente, pero inesperadamente ambos llegan a forjar una alegre amistad que termina por convertirse en un romance.

Esta película es de ese tipo de comedias que, lejos de causar una impresión enteramente risible o estar destinadas meramente a entretener, ahonda en profundas reflexiones filosóficas y abre caminos a pensamientos sobre el valor de las cosas y de nuestras acciones.

En un derroche de encanto, Audrey y su coestrella George comparten un vínculo tan estrecho que incluso se siente fuera de la pantalla, como el que años antes compartiera con su gran amigo y coestrella Gregory Peck en Roman Holyday (1953). Y es que la naturalidad de los personajes puede ser un semblante vivo de su realismo. Con ello logran ganarse a una audiencia que, sin siquiera haber leído la novela homónima de Truman Capote, desde un inicio simpatiza con ellos.

El lujo y la vanidad son los temas recurrentes de este cuasi tratado dramatizado, pero a ellos se aúnan melancólicas reflexiones sobre el amor, el compromiso, la fidelidad y, sin quererlo, el racismo (recordemos que el personaje de Mickey Rooney, el excéntrico Mr. Yunioshi, se recuerda como una de las muestras del estereotipo racial más racistas que existen).

Sin embargo, el final es, de lejos, el momento cumbre de la cinta; es el momento en el que convergen todas esas concepciones filosóficas y terminan por dar a la pieza entera el justo merecimiento que estábamos esperando para los dos protagonistas. Ahí, en esos últimos 6 minutos de filmación, se revela la transformación de una Holly que supera la “vanidad de vanidades” y logra ver la esencia verdadera del amor. De hecho, el pequeño gato antes mencionado, que ha jugado hasta ahora un papel muy secundario en la trama, se convierte en un inesperado símbolo de fidelidad y apego, como si de una alegoría de las cosas valiosas se tratara.

La película en sí no ganó los premios centrales de la Academia (sólo se llevó las estatuillas a Mejor música y Mejor canción original “Moon river”, que, a decir verdad, no son poca cosa), pero la fama que Hepburn y Peppard consiguieron con ella se cuenta hoy como una de las más memorables en la historia del cine.

Clásica en todo su concepto y original en muchos aspectos, Desayuno en Tiffany’s es una oda al deseo de libertad que tienen los corazones atados a cosas materiales y que, tras muchos percances, han sabido encontrar ataduras más satisfactorias en las cosas espirituales.

El cine es tiempo y de tiempo está hecha la vida.

Breakfast at Tiffany´s, Estados Unidos, 1961. Dirección: Edward Blake. Reparto: Audrey Hepburn, George Peppard, Patricia Neil, Martin Balsam, Mickey Rooney, José Luis Vilallonga. Guión: George Axelrod. Fotografía: Franz Planer. Basada en la novela homónima de Truman Capote. Duración: 114 min.

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