La invitación. Un guiño a Charles Manson

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Por Juan Manuel Arriaga

Ojos bien cerrados… y emociones bien alerta

¿Qué tan fácil es manipular a la gente? Bueno, es una pregunta difícil. Pone sobre la mesa un asunto que ha acompañado a la humanidad en todo su proceso de evolución social y emocional. Las emociones, al ser más antiguas que la razón, delatan nuestro pasado salvaje e inculto, pero también son el lugar de nuestro cerebro que cifra todos esos temores que nos han hecho aferrarnos a las tablas de la religión. ¿Cómo estás tan seguro de que justo ahora, frente a un monitor, en una realidad con tantos avances, no estás siendo manipulado por lo que ves, escuchas y sientes? ¿Cómo sabes si eres completamente libre, en tu mente, en tus pensamientos, y que lo que percibes es real?

A través de una noche escabrosa y tétrica es que se lleva a cabo el argumento del presente filme. Con una tensión que raya en lo espectral, las piezas de este rompecabezas de horror van saliendo a relucir poco a poco, mientras se insinúan a momentos los móviles del asunto.

Así las cosas: una acomodada pareja de California invita a un grupo de amigos a una lujosa cena en su casa. Cada uno de ellos sabe las relaciones que han forjado mutuamente en el pasado y muestras de ello van saliendo poco a poco a lo largo de la película para advertirnos el oscuro trasfondo que plaga este ya de por sí siniestro presente. Algo no anda bien; el primero en advertir algo más allá de las apariencias es Will (Logan Marshall-Green), ex esposo de la anfitriona, Eden (Tammy Blanchard), y padre de un hijo fallecido que, con actitud siempre suspicaz desde el principio, va develando las maquinaciones que se encuentran detrás de cada invitado.

El aire se torna más y más denso; el espectador trata de visualizar algún indicio de evidencia que corrobore las teorías de Will, en quien reconocemos a un alter ego, como si el director nos introdujera en la pantalla a través de la figura de este paranoico personaje. Sin embargo, es inútil, no encontramos nada que corrobore lo que estamos pensando o que nos induzca a pensar cómo acabará todo. Pero sabemos (y Will sabe) que algo está mal. Algo realmente escalofriante está por suceder, pero no sabemos cómo ni qué lo detonará. ¡Trabajo brillante! Sólo podemos esperar mientras la noche avanza y las acciones de los personajes jueguen con el subconsciente, ahí donde se forjan los miedos que nos hacen estar alertas ante cualquier peligro.

Se trata de una película corta, que en poco más de hora y media garantiza un suspenso comparable con películas que han gozado más prosperidad en taquilla. No es una película de mala calidad, pues realmente logra inquietarnos y hacernos dudar de nuestra propia realidad, de nuestras propias creencias, aunque realmente al final se decanta por intentar justificar las acciones de los “antagonistas” con escenas violentas, muchas de las cuales pudieron haberse sustraído del corte final sin afectar la historia.

El tema principal de la cinta es la espiritualidad degenerada en fanatismo. Es por eso que el guión hizo esfuerzos por lograr incomodarnos, y para ello se sirve de circunstancias inesperadas que rompen la lógica racional, como la escena del beso inesperado entre dos mujeres o la del video en el que se muestra la conducción “al más allá” llevada a cabo por la secta titular de la pareja anfitriona.

Además, la película muestra su lado más inteligente en la psicología del anfitrión de la cena, David (Michiel Huisman), ya que funge como el perfecto prototipo de un líder capaz de fingir emociones y sacrificar hasta su propia vida en aras de su culto. Por lo tanto, parece que la forma general de la película como tal sigue el ritmo de este personaje, lo hace quedar bien, lo “luce” en todo su esplendor sociopático, en detrimento de su protagonista verdadero, Will, quien toma el papel del héroe inconforme e incapaz de encajar con situaciones que lo mantienen con latente inquietud, papel que fungen personajes como Kale en Disturbia (2007) o el fotógrafo Jefferies en el clásico de Hitchcock Rare Window (1954).

Esta cinta realmente no hace avances sustanciales en el género thriller, sino que más bien se aboca a contar una historia bien estructurada y justificada para entretener y mantener inquietud en la audiencia. No promete mucho, no se muestra grandilocuente en sus premisas, se mantiene a la altura de su potencial impacto y de sus recursos actorales, pero sí logra superar expectativas. Cuenta con un antecedente en el terreno de la ciencia ficción: Coherence (2013), que dispone una situación semejante y termina de una forma abrupta tras tensos momentos de duda, inquietud y suspicacia. Sin embargo, su mérito estriba en que puede soportar varias lecturas y ejemplificar metafóricamente situaciones de la vida real (la referencia a la secta de Charles Manson es inevitable y comparte el gusto de Kubrick por escenificar el papel de las sociedades secretas en la configuración colectiva de la sociedad).

Sin duda, una película que incide directamente en el lugar de nuestra mente que nos hace pensar de vez en cuando si lo que vivimos o con los que convivimos guardan más secretos de los que todos aparentamos tener.

El cine es tiempo y de tiempo está hecha la vida.

The invitation, Estados Unidos, 2015. Dirección: Karyn Kusama. Reparto: Logan Marshall-Green, Tammy Blanchard, Michiel Huisman, Emayatzy Corinealdi, Lindsay Burdge, Michelle Krusiec, Mike Doyle, Jay Larson, John Carroll Lynch. Guión: Phil Hay, Matt Manfredi. Fotografía: Bobby Shore. Duración: 100 min.

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