La forma del agua, crítica

LaformadelaguaCinevive

Por Juan Manuel Arriaga

Ver la belleza en lo desconocido y aterrador

Para Chary A. Severiano,

porque se atreve a ver lo desconocido en mí

¿Hasta qué cumbres puede la imaginación de Del Toro llegar sin que sus cintas pierdan ese toque de fantasía misteriosa, hipnótica y empática? Como ya hace tiempo con El laberinto del Fauno (2006) o más recientemente La cumbre escarlata (2016), el director mexicano nos regala ahora la trágica historia de una criatura peculiar que recuerda un poco al anfibio humanoide del clásico de horror El monstruo de la laguna negra (1954). Pero poco es decir que el éxito actual de la presente cinta se deba al nombre del director en la industria fílmica contemporánea: además de que carga con grandes antecedentes, suyos y ajenos, a los que pretende superar (y lo hace), The Shape of water se enfrenta a momentos en los que la auténtica originalidad es adversa y las historias de valor profundamente humano no se expresan ya con un neto valor fílmico.

Ambientada en plena Guerra Fría, mientras el espionaje de los países líderes del conflicto se convertía en una rentable inversión en su afán por vanagloriarse de triunfos espaciales y armamento superior, una mujer obtuvo una de esas victorias por la humanidad que, aunque pasen desapercibidas para la mayoría, nos hacen tener fe en el futuro de nuestra especie. Muda y de evidente timidez, Elisa Esposito (brillante y esmerada Sally Hawkins) se dedica a la limpieza en una oficina del gobierno norteamericano. No tarda en descubrir que una extraña criatura se encuentra en una de las salas del edificio y a cuyo estudio se aferran un puñado de científicos y burócratas del gobierno norteamericano.

Pero el que sería un misterio temible, e incluso peligroso, pronto se nos revela como un ser emocional, bondadoso, capaz de forjar sólidos lazos de fraternal confianza con quienes se aventuran a rescatarlo del cruel destino que le aguardaba en su prisión de burócratas y militares.

Muchas son las lecturas que soporta esta cinta, cuyo propósito parece ir enfocado a demostrarnos que la naturaleza y los seres humanos se condenan a la destrucción y a la salvación una y otra vez. Como metáfora, la anfibia criatura humanoide de particular simpatía interior parece anunciarnos que el amor tiene un poder increíble de trasformación, cual si más allá de la frontera entre seres vivos y elementos naturales existiera un factor movilizador que permite a los seres y a las esencias unirse para evolucionar, engendrar y formar cuanto existe en nuestro mundo. Es por eso que cuando advienen a la trama tópicos como la lucha entre el bien y el mal o la muerte y la vida, éstos resultan oportunos, pues su uso aporta, conmueve y encaja, no sólo representa o simboliza.

Para los efectos de la historia, Del Toro acertó magníficamente en su dedicación a crear personajes capaces de generar empatía y, con ello, fomentar en el público sentimientos de agrado y preocupación por sus protagónicos. En lo particular, la criatura, esa “forma” del agua que vemos al principio como un aterrador espectro nacido de la peor de las pesadillas, con el devenir de los sucesos y gracias a su fuerte vínculo emocional con Elisa, construye para su público la síntesis de una belleza desconocida y emocional tan interesante, que su figura transhumana nos hace ver la humanidad misma dentro de nosotros. Sin duda, una de esas singulares huellas que por muchos años han servido al director mexicano para elaborar su encantadora y característica manera de contar una historia.

La psicología detrás cada uno de los personajes es profunda y bien delimitada. Ninguno de ellos, ni siquiera los más alejados del protagonismo, es unidimensional; todos edifican esta maravillosa trama aportando la dosis precisa a la que su desarrollo y evolución personal le permite acceder.  Claro, es una historia trágica que en ciertos puntos parece predecible y que nos conduce a un final en el que se espera un evidente giro de tuerca, pero no por eso el valor de sus aportaciones etiológicas y el desarrollo de su contexto sufren menoscabo.

Insisto, la empatía que provoca la interacción de sus personajes es un gran acierto en esta película, sobre todo si tomamos en cuenta que el director lo logró a través de un personaje que no es humano.

Tampoco las subtramas demeritan el funcionamiento de esta pieza; por el contrario, refuerzan el contexto histórico en el que tiene lugar la puesta en escena, a la vez que entran a formar parte del hilo general de la trama principal para dar una continuidad correcta y bien justificada al filme. Un ejemplo muy interesante de ello es la subtrama del espionaje soviético en el personaje del Dr. Robert Hoffstetler (Michael Stuhlbarg) y su interés por la salvación de la criatura justifican la forma en que la vida de ésta se pudo prolongar en condiciones domésticas, fuera del laboratorio donde se mantenía recluida por el gobierno norteamericano.

Ni qué decir de los efectos visuales y la fotografía. En ambos aspectos se deduce un trabajo bien cuidado sobre el material literario que poco a poco se iba convirtiendo, durante el rodaje, en una historia tan hermosa.

Por lo tanto, esta bien contada literaria y cinematográficamente, bien dirigida y bien actuada pieza fílmica se ha hecho digna merecedora de los elogios actuales y no dudo que vaya a servir de antecedente a piezas de igual profundidad humanizadora. Nos faltan más historias así.

El cine es tiempo y de tiempo está hecha la vida.

The shape of water, Estados Unidos, 2017. Dirección: Guillermo del Toro. Reparto: Sally Hawkins, Michael Shannon, Richard Jenkins, Dough Jones, Michael Stuhlbarg, Octavia Spencer. Guión: Guillermo del Toro y Vanessa Taylor. Fotografía: Dan Laustsen. Duración: 123 min.

 

 

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