El sacrificio del ciervo sagrado. La cámara inquietante y cruel

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Por Ernesto Rizo

1. Título: “El sacrificio del ciervo sagrado” en letras blancas sobre fondo negro. Cortinilla en negro que dura varios segundos, como dando aviso de que estamos a punto de entrar en un abismo, y luego, el corte inicial por medio del cual Yorgos Lanthimos deja claro que esta cinta será una intervención quirúrgica a corazón abierto. Una disección despiadada del retrato de la sociedad capitalista y burguesa actual, sus prototipos, sus formas y su estilo de vida que siguen una mecánica repleta de frivolidad, y, en fin, una punzante visión, como las navajas que utiliza el cirujano protagonista de la película, del terror que esconde el lado perverso del American Way of Life.

2. La historia que construye Lanthimos, en su primera mitad, está en el terreno del realismo y tiene tintes de un thriller tradicional, pero se va componiendo (descomponiendo sería más preciso decir) hacia el terror psicológico, en un thriller psico-somático o en una especie de fábula mitológica que hace eco de Ifigenia en Áulide de Eurípides, pero más macabra y con pinceladas absurdas y fársicas. La historia se descompone tanto que la intervención que el director nos pone ante la vista sólo puede ser filmada con una cámara tan elegante como ambigua, tan inquietante como cruel. Es una narración perfectamente creíble dentro de sí misma pero hecha para incomodar al espectador promedio.

3. Y es que luego de que Anna (Nicole Kidman) dice en una elegante cena, dentro de una elegante casa de clase media alta norteamericana, que toda su familia tiene “cabello bonito”, la vida se desarrolla con una normalidad sólo trastocada, un poco, por la presencia de un jovencito amable que parece, sin embargo, irse obsesionando poco a poco con el doctor Steven (Collin Farrell). Y cuando descubrimos su historia, que involucra a su padre y al doctor, pronto, dicho muchacho que ha sido invitado al hogar elegante, se transforma en una especie de psicópata incontrolable. Pero, ¿es Martin (soberbio Barry Keoghan) un ser caído de otro mundo: extraterrestre o divino? ¿Es una especie de dios o de demonio? La cámara ambigua lo filmará sin dejarlo claro nunca, porque la cinta pretende inquietarnos sin explicarnos nada.

4. La influencia de Kubrick sobre la película se deja sentir, más allá del guiño a aquella escena llena de opulencia y frivolidad en la que un matrimonio de la misma Kidman asiste a una cena en Ojos bien cerrados (2001), en la fotografía, que se empeña en una elegante geometría en sus tomas; que comienza colocando a sus personajes poderosos, mediante ángulos contrapicados y luego los arroja a los rincones del cuadro, cuando son débiles presas de un ser tan inquietante y cruel como la cámara misma; una cámara que insiste en el cuadro con puntos de fuga, como túnel abismal; que sigue a los personajes desde la espalda y los mira, como la mirada de aquel Kubrick/ahora Lanthimos de vouyerista inerme, indiferente y antipático. Lo que filma son acciones de personajes ambiguos, crueles, egoístas e imperfectos, colocados fuera de toda postura maniquea o moralista. Una fotografía sobria, fina y poderosamente descolocante.

5. La música no hace más que impulsar la confusión y la descomposición de la cinta, pues está superpuesta como desfasada, como exagerada. No sólo es inquietante sino que, por momentos, es tan molesta como la actitud racionalmente cruel y frívola de los personajes. La dulzura del cover de Burn que canta Kim (Raffey Cassidy), como musa, o ninfa recargada en un árbol, mientras el ser ambiguamente divino y todopoderoso mira, en una escena bellísima, sirve sólo de apertura para el espectáculo de la confusa descomposición que se sigue filmando con sobriedad y con una cámara inquietante y cruel.

6. El reparto es soberbio. Sus interpretaciones son espeluznantes porque denotan una supuesta racionalidad, practicidad e indiferencia tan inquietantes como las líneas que arroja Martin en la cara de un médico cirujano que ha sido superado (pues su ciencia, toda su razón instrumental no pueden comprender lo sobrenatural que ocurre), o sobre una Kim totalmente confundida, mientras absorbe un suculento espagueti. Vaya, todos son crueles, marionetas de un director cruel, excepto el ciervo que es sacrificado aun siendo sagrado, en la metáfora más cruel de la cinta: el sacrificio del más débil, tal como en la sociedad contemporánea, para el mantenimiento de ese perverso American Dream.

7. El sacrificio del ciervo sagrado es una obra maestra elegante y espeluznante. Con una historia perfectamente creíble como narración, pero ambigua e inexplicable. Tan inexplicable como poderosa en sus metáforas. Tan cruelmente bella. Tan bellamente filmada. Es, en fin, algo que también puede definirse como: poderoso cine de nuestro tiempo para hablarnos directo a la cara y sí, partirnos el corazón.

The Killing of a Sacred Deer, Reino Unido-Irlanda-Estados Unidos, 2017. Director: Yorgos Lanthimos. Guión: Yorgos Lanthimos y Efthimis Filippou. Fotografía: Thimios Bakatakis. Reparto: Colin Farrell (Steven Murphy), Nicole Kidman (Anna Murphy), Barry Keoghan (Martin), Raffey Cassidy (Kim), Sunny Suljic (Bob), Bill Camp (Matthew), Alicia Silverstone (madre de Martin). Duración: 121 min.

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