Suspiria, crítica

Por Ernesto Rizo

Una de las sorpresas que me entrega Suspiria es que deja ver como el director de la edulcorada Llámame por tu nombre (2017) puede reinventarse de un filme a otro de forma tan distintiva. Aquí, Luca Guadagnino incursiona en el terror y lo hace retomando la imaginativa de Dario Argento en la Suspiria de 1977. Lo hace con atrevimiento, sustentado en su excelente técnica y sin prisas.

La película cuenta la historia de Susie Bannion (Dakota Johnson), una bailarina de ballet que llega a una academia que dirige Madame Blanc (Tilda Swinton) y en la que conviven muchas mujeres mientras montan la danza “Volk” y padecen la “desaparición” de Patricia (Chloe Grace Moretz), una chica que interpretaría el personaje principal de la obra y que vemos totalmente desquiciada acudiendo al Doctor Josef Klemperer (increíble saberlo hasta los créditos: Tilda Swinton) en los primeros minutos de la cinta. El doctor es el otro personaje en torno al cual gira la historia de la película: por una parte, porque es el interesado en develar el misterio oculto tras las paredes de la academia Markos; por otra, porque su historia de amor con su desaparecida esposa en el holocausto parece ir marcando la contradictoria disposición del personaje masculino al entender lo femenino que se le escapa de las manos por ser, o cuestión de lectura psicoanalítica sobre la histeria de las mujeres, o bien, brujería. Todo en el contexto de los setentas, cuando todavía existía el muro de Berlín, que por cierto, se encuentra a escasos metros del edificio de la academia de baile.

La cámara de Guadagnino parece moverse con su propia histeria; es elegante pero a la vez dubitativa, intensa y forzada en ocasiones. Dicha forma de moverse en la película nos permite entrar como espectadores al edificio de una academia de baile que sin duda esconde secretos detrás de sus cristales. El juego del misterio que el director va creando toma su tiempo y, sin prisas, se va entretejiendo como las reflexiones que el Dr. Kemplerer lee en el diario de la desquiciada Patricia, como si fuesen delirios femeninos. El relato de terror tomando forma, y con violencia, belleza y sensualidad va llenándose cada vez más de misticismo y desnudando la mítica de un estimulante cuento de brujas, cercano (gratamente cercano) a La bruja (2015) de Robert Eggers.

A través de un guión muy bien construido, que va develando los misterios que la academia esconde, su naturaleza paranormal, así como la terrorífica naturaleza de las féminas ante nuestros ojos, llega hasta un punto climático que pasa de lo grotesco al gore con soltura y liberadora estética con sombras, personajes horrorosos y litros de sangre en un aquelarre de una magnitud visual impactante. Pero además, dicho guión entreteje temas a través de las metáforas. Los temas son oportunos y sin duda incrustados en la nueva ola de feminismo que contradice y descoloca al mundo y sus tabúes, ideales arcaicos y pilares de costumbre.

Todas las metáforas se concentran bien en desvelarnos la división del mundo de lo racional y lo que está más allá y se considera terrorífico: a través del muro siempre presente; de esas paredes que reflejan formas luminosas de otras dimensiones; de los muchos espejos que transportan a otras habitaciones; del baile como forma de conectar con lo Maligno; de la sensualidad femenina que no depende de la masculinidad; de las miradas que ven más allá de los muros; de lo poco que se dice en pos del misterio y de un humor punzante como esos instrumentos que se usan para arrastrar cuerpos. Metáforas y temas bien entrelazados como las cintas rojas de las bailarinas en la danza previa a la danza del aquelarre definitivo, que se van desarrollando en la coreografía que Guadagnino a imaginado para este siglo, musicalizada con excelencia por Thom Yorke, que no deja de ser fabuloso y un maestro de atmósferas sonoras en las que conviven momentos desquiciantes, punzantes, de terror y melancólicos y dulces a la vez.

La excelencia de Suspiria está en ser una película de terror que reivindica, como otras cintas del género, la sensualidad femenina y su naturaleza liberadora. Y en ser propositiva en su forma y estética. Y en alinearse con el terror profundo y que muestra más por todo lo que esconde, en la misma línea de otras cintas de terror de los últimos años que son las delicias de un género tan maltratado.

VER ficha técnica en IMDb.

ernesto_rizo en Instagram

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